por Adolfo Báez Bone
¿Se puede hacer responsable a una persona por haber creído en otra, adjudicándole valores que no poseyó nunca y reconociéndole méritos que nunca soñó si quiera tener? No, no es más que una víctima el que tal cosa creyó de su héroe, héroe de barro que se rompió al primer choque con la realidad.
Yo no era muy joven cuando conocí a Anastasio Somoza, pero mi vida se había desarrollado en un ambiente de tiranía tan completa que no concebía otra forma de vida política diferente a la que se llevaba entonces en lo que considero mi segunda Patria, Guatemala. Cuando vine a Nicaragua, por el año de 1942, y pude apreciar lo que entonces creí que era una completa Libertad, debo decir con franqueza que me deslumbré. Vi al presidente, le hablé, me di cuenta que no era un semi Dios, pues más o menos ese era el concepto que yo tenía de ellos, sino que un hombre como cualquier otro, y sobre todo cuando vi la confianza que le daba a cualquier persona. La forma como trataba a todo el mundo... Pensé que Somoza era lo que se podía llamar un verdadero presidente, querido por su pueblo. A mis parientes, que en su mayoría me hablaban mal de él, los creía yo una serie de amargados y envidiosos, y mi mayor argumento para defender a éste hombre que me había ya robado toda mi admiración, era decirle que ellos no sabían lo que eran los verdaderos tiranos y los verdaderos zánganos y lo conculcadores de las libertades. Somoza, les decía, no tiene término de comparación con Ubico. Si ustedes vivieran siquiera un día bajo la férula de éste, no hablarían con la libertad que lo hacen de Somoza, y le darían gracias a dios de ser nicaragüenses.
No pasarían muchos años para que me tuviera que arrepentir de los conceptos que había vertido sobre lo que yo creía de todo corazón era lo mejor de lo mejor en asunto de presidente de un país. Mi escaso conocimiento de la vida, porque si bien es cierto que desde muy pequeño me había tenido que enfrentar con ésta en el orden económico, jamás pensé que las miserias que pasaba en compañía de mi familia, y el hambre que tuve que soportar los días que no comíamos porque no tenía mi pobre madre para darnos ni siquiera un mendrugo de pan, nunca imaginé que fuera culpa de nuestro gobernante, sino que pensé que se debía a factores completamente ajenos a su voluntad. No podía comprender, porque nunca nadie lo dijo de manera que yo lo oyera, que los sueldos de hambre que se le pagaban a los pobres trabajadores fueran el resorte de nuestro soberbio presidente; jamás oí que nadie responsabilizara a ningún funcionario público por los centenares de presos políticos que habían en la penitenciaría; en fin, siempre creí que el presidente que teníamos en Guatemala era una cosa más o menos providencial.
Sólo una vez me recuerdo perfectamente, porque dejó en mi mente un recuerdo imborrable, oí de labios de un profesor una especie de protesta a las oleadas de servilismo que se lanzaban a Ubico. Estaba yo gozando de una beca que me había "regalado" el que ahora rige los destinos de Guatemala, y que entonces era Oficial Mayor de la Secretaría de Educación Pública, Dr. Juan José Arévalo. Dichas becas, en su gran mayoría, como pude darme cuenta, no se daban a muchachos con verdadera vocación para dedicarse al "obrerismo", sino que, como en mi caso, las conseguían nuestras madres para mitigar su situación harto precaria; era la forma de garantizarle a los hijos unos tres años de buena comida y techo seguro. Pues bien, entré a esa escuela con toda clase de ideas, menos con la de hacerme un obrero. Sin embargo, pronto me apliqué y fui el mejor alumno de mi clase en los cursos que no eran manuales sino "académicos". El profesorado que teníamos, a fuer de decir verdad, de lo mejor que se podía tener en cualquier Instituto. Entre otros, recuerdo al bachiller Rafael Iriarte, al ítem Manuel María Ávila. A un jovencito con cara de mujercita de alquiler de apellido Godoy. A don Julio González. Al ahora Dr. Alberto González. Al Loro Valladares. A don Agustín Iriarte y al ahora Ingeniero Luis Angel Rodas, persona que siempre me demostró un aprecio especial. Un estudiante de Ingeniería que nos daba la clase de Física y el cual fue víctima de mis veleidades, pero que me apreciaba porque era su mejor estudiante. Y otros, que no recuerdo por sus nombres.
Pues bien, recuerdo que era para la celebración del cumpleaños de Ubico que el director, don Teofilo Jiménez y Noguera, había hecho un acto en el cual tenían que decir discursos algunos de los profesores. En esta ocasión se había nombrado a don Rafael Iriarte y a don Manuel Ávila para pronunciar discursos a Ubico. El discurso de don Rafael, a quien considerábamos un magnífico orador, fue el del tipo llamado "camaleonico". Ensalzó a Ubico, pero sin mucho servilismo. Luego vino la improvisada tribuna del pequeñín don Manuel Ávila, que era profesor de dibujo. Cuál no sería nuestra sorpresa, y sobre todo la del director, cuando don Manuel dijo que no era bueno eso de hacer apologías de los hombres que estaban vivos, y sobre todo mandando, que era la Historia la llamada a juzgar los actos del General Ubico y era ésta la que diría si había procedido bien o mal en su administración.
Las caras que tenían los inspectores, entre los que recuerdo a un tal Pacheco, especie de sádico orador oficialista, y sobre todo la cara del director, que no sabía que hacer, máxime que los alumnos habíamos aplaudido con mucho ardor al profesor Ávila, eran de total estupefacción.
El acto terminó, y según supimos después, encarcelaron a don Manuel, pero lo sacaron pronto. Ese día me fui con otros compañeros a buscar su casa para preguntar si había pasado algo, pero no dimos con ella.
Pronto salí de esa Escuela que me alimentó por tres años y me tuve que volver a enfrentar a la vida, con un poco más de bagaje, sí, pero que yo no sabía cómo emplear.
II
Me fui a Tiquisate. La compañía United Fruit tenía plantaciones en el departamento de Escuintla. Era un verdadero infierno. Las enfermedades tropicales hacían presa de casi todos los que se lanzaban a la aventura en busca de mejores salarios a cambio de su salud. Había "enganchadores" que pagaban veinticinco centavos y el pasaje para los que querían ir. Era tipos que le pintaban a uno el lugar como "El Dorado" donde el dinero se hacía en unos pocos días, y donde los placeres abundaban y etcétera. Yo no podía escoger. Necesitaba trabajar y sobre todo buscar nuevos horizontes. Me pareció que la solución era Tiquisate, y para allá encaminé mis pasos.
El viaje fue en un tren de bananos inmundo, hacinado con un ejército de ilusos que, como yo, creía que iba a jauja. Después de un día de camino llegamos a Río Bravo, lugar donde principia la línea particular de la frutera. Fuimos transportados en unas plataformas, peor que ganado.
Ahí fue donde verdaderamente me di cuenta de la vida de los peones de esas compañías es terrible. Y sobre todo ahora, que hago recuerdos con las nuevas experiencias que poseo, me explico la enorme responsabilidad que tiene en nuestras formas de gobierno el Estado como cuidador de sus ciudadanos. Es más responsable el Estado que las propias compañías del trato inhumano que se le da a los trabajadores en esos lugares donde ellas son la Ley, gracias a quién sabe qué juegos deshonestos con los representantes de los gobiernos. Los salarios son ínfimos, si se tiene en cuenta lo insalubre del lugar y lo fuerte del trabajo. El trabajador no tiene casi ninguna garantía respecto a su seguridad como tal, pues la compañía lo puede despedir cuando se le antoje y por las causas que desee argüir; si se lisia en el trabajo casi es potestativo de la compañía el darle un trabajo para que pueda seguir comiendo. La cantidad de ingenieros extranjeros es enorme, cosa inaudita desde el momento que hay ingenieros competentes de nacionalidad guatemalteca, pero es el caso que los primeros acaparan los mejores puestos, y a los segundos les dejan los que son más duros y peor remunerados. Ahí en Tiquisate aprendí a comprender que los órganos de represión del Estado son usados únicamente contra los nacionales, y que los extranjeros que de cualquier manera transgreden las leyes del país son tratados con unas consideraciones tales que rayan en el servilismo más abyecto. Los americanos en esos lugares pueden escandalizar a la hora que se les antoje, golpear a quien deseen y hacer cuanto desmán se les plazca, infringiendo las leyes de la policía. No hay autoridad para ellos, solo para los pobres guatemaltecos. Y esto no es porque los extranjeros de dichas compañías lo soliciten de manera enfática. No. Estoy seguro que si la ley se aplicara parejo no habría reclamo de su parte. Pero es que en las autoridades este servilismo es innato; basta con un pequeño obsequio de los magnates de las compañías para convertirlos en sus incondicionales servidores.
Pasé en ese lugar haciendo todos los oficios que un hombre puede hacer, más o menos dos años. Mi hermano, que había logrado llegar a ocupar una buena posición en la compañía, pues había llegado a mi sombra, hizo posible que yo me pudiera largar a la capital en busca de mejores horizontes.
III
En esos días se abría la Escuela de Radiotelegrafía. Vi el plan de estudios y me entusiasmó de manera que puse mi solicitud y después de rendir el examen de oposición tuve la suerte de ingresar como alumno.
No fue propiamente la carrera de radiotelegrafista lo que me entusiasmó, sino el paso que mi concepto daba hacia adelante; era nueva oportunidad la que se abría para hacer acopio de conocimientos que podrían servirme en la lucha por la vida y en mi afán por mejorar.
Era por el año de 1941, ese año me reputé en la escuela como el mejor alumno de mi año y fui acreedor a varios premios como tal. Fue entonces cuando se me vino a la cabeza la idea de escribirle al Jefe del Estado nicaragüense en demanda de auxilio. Creía yo que el Estado estaba en la obligación de ayudarme como nicaragüense que era, sobre todo porque creía que mis esfuerzos debían ser tomados en cuenta. En mi puerilidad había un si-es-no-es de egoísmo y engreimiento; imaginaba que el auxilio vendría pronto.
Me me contestaron de Nicaragua diciendo que no se me podía dar la ayuda que pedía para terminar mis estudios, pero que si me iba a Nicaragua me brindarían las facilidades para poder culminar mis aspiraciones de mejora. Era ministro en Guatemala el Dr. Néstor Portocarrero, casado con una hermana de la presidenta, una pareja de diplomáticos que le dieron lustre a la Patria con su don de gentes y su tacto de diplomáticos. Decidí, pues, repatriarme y lanzarme a esta nueva aventura, que me entusiasmaba porque me daba la oportunidad de conocer no sólo mi Patria, sino, sobre todo, a mi familia, inclusive a mi padre.
Así es que un día tomé el bus para El Salvador, y luego el tren para La Unión, y una goleta para la travesía del Golfo, hasta arribar a Puerto Morazán.
Al tocar tierra nica sentí una emoción enorme. Las lágrimas se agolparon en mis ojos y me sentí el hombre más feliz de la Tierra. Estaba en mi tierra, la tierra que abandoné cuando tenía dos años de edad y que había amado con la fuerza que da la imaginación, la cual había sustituido al conocimiento efectivo de ella. Me embriagué de aire de Nicaragua y vi ese infeliz puerto, que no contaba siquiera con una aduana decente, como un paraíso. La belleza de que carecía yo se la puse multiplicada, y me fui a vagar.
Yo había conocido muchos nicas en Guatemala, pero nunca me había dado cuenta que había diferencias en nuestros hablados, o mejor dicho, en las acepciones de algunas palabras. Recuerdo que estaba de paseo ahí un señor de Chinandega o de León, que andaba con unas muchachas bonitas. Pues bien, yo conocí a una de ellas, por cierto a la mejor, y hablando de muchas cosas llegamos a simpatizar bastante, de manera que salimos a conocer el "pueblo": cuatro ranchos a la orilla del estero. Le pregunté que a qué hora se iba y me dijo que "en la nochecita". Yo le pregunté si no tenía miedo y ella me señaló de forma expresiva su revólver, porque mi querida amiga llevaba un 38 pendiente de la cintura. No pude contenerme, y creyendo que la lisonjeaba le dije "usted es arrecha". Inmediatamente volvió la vista hacia mí y vi en su cara el susto y un principio de enojo que se le diluyó al contemplar que yo no me mosqueaba siquiera. Me preguntó si yo sabía lo que quería decir "eso". Le pregunté qué era "eso", y entonces ella se dio cuenta que yo ni siquiera sabía a qué aludía. Se rió a carcajadas y me dijo que no le dijera a ninguna dama la palabra "arrecho", que era de pésimo significado. Ella se fue con las personas que había llegado y yo tomé el tren que debía llevarme a Managua.
IV
Llegué a la capital y ahí me di cuenta que existía una beca para la Escuela Politécnica de Guatemala, la cual no habían usado no sé por qué razón. Hablé con José Benito Ramírez, quien era el secretario de la Presidencia. Me dijo que el General Somoza iba en esos días para la Costa Atlántica y que era una buena oportunidad para que le hablara a su paso por Chontales, donde tenía planeado ir a ver a mi padre, a quien tenía deseos de conocer.
Hice el viaje a Chontales en un camión de un medio pariente mío llamado Octavio Hernández Lacayo, también llamado Chocoyo. Llegamos a Juigalpa, lugar de mi nacimiento, después de caminar como por doce horas. La distancia recorrida era de unos ciento treinta kilómetros por una abra a la que todo el mundo llamaba pomposamente "carretera".
No podría pintar el entusiasmo que me embargaba por la idea de conocer a mi padre y el lugar donde había nacido. Fui recibido por una pariente y me hospedé en su casa. Al día siguiente le mandaron a avisar a mi papá que había llegado y él llegó como a las siete de la mañana. Francamente no me imaginaba que tuviera un padre tan ...bueno. Tan buen mozo. No aparentaba su edad y, francamente, parecía mi hermano. Me llevó a recorrer el pueblo y a presentarme a la parentela que era casi todo el pueblo. Luego nos dirigimos a "Las Limas", tal era el nombre de la finca donde vivía mi padre y mis abuelos. Nos estábamos preparando para el viaje cuando llegó mi abuelito, el cual no esperó que yo llegara sino que había llegado al pueblo para conocer al nieto más querido. Lloró y me dijo que ahora ya se podía morir tranquilo, pues ya me había vuelto a ver. Mi abuelo y mi abuela habían peleado como tigres para evitar que yo pudiera irme con mi madre a Guatemala, era el nieto primero y el que había vivido con ellos todo el tiempo de mi vida en Nicaragua; por esa razón ellos decía que me querían más que a los otros. No llevaba la idea de discutir los motivos de la separación de mis padres, la que tenía entendido había sido por causa de mi abuela, y aunque lo hubiera querido no lo hubiera podido hacer, pues había un no se qué que me impedía responsabilizarlos por el desastre de nuestras vida en Guatemala. Además siempre había tenido, desde muy pequeñín, una especie de veneración por la familia de mi padre, seguramente por la falta de padre y porque en mi casa había habido otros hombres a los cuales siempre odié y por los cuales en ninguna época sentí lo más pequeño, es decir, nunca nadie ocupó en mi corazón el lugar de mi padre, aunque ni lo conocía. Ahora me pongo a pensar que ya en mi ser había germinado el amor que durante dos años me habían prodigado mi padre y mis abuelos. En mi subconsciente sólo había desprecio para todos los que ocupaban el lugar de mi padre. Sentí que mi vida había sido una tragedia, y ahora que conocía de nuevo a mi verdadera familia me daba cuenta que había sido justo en mis apreciaciones al creer que ninguno de los que habían querido usurpar el puesto de mi padre en como él. Ninguno de ellos se podía comparar con éste hombre que en mi concepto era lo mejor que como tal se podía pedir. Todas mis penas hogareñas se me venían a la mente: los sufrimientos por causa de ellos, las palizas que recibí cuando durante las noches me negaba a acostarme porque en mi cuarto, yo lo consideraba mío, había un hombre que no era el que me había dado el ser. Yo no podía comprender los problemas que mi pobre madre enfrentaba para alimentarnos... y no los quería entender, máxime que, a pesar de esas usurpaciones, siempre pasábamos hambre y privaciones de toda clase. Indudablemente era un concepto incipiente de dignidad el que me embargaba y las protestas eran huelgas de hambre y de sueño: me salía a la calle y ahí pasaba la noche. Fueron muchas las que así pasé, pero nunca claudiqué, siempre odiándolos.
Ahora me sentía feliz de poder decirle a un hombre papá. Cuando se lo dije por primera vez yo creo que me ruboricé, más sentía un deleite enorme al hacerlo. Mi abuela escapó de volverse loca cuando la tomé en mis brazos y la besé. Me besaba y me veía con su único ojo, porque el otro se lo habían sacado. Me monopolizó todo el tiempo que estuve en "Las Limas".
V
Fue ahí en Juigalpa donde conocí a Somoza y fui presa del embrujo de su personalidad. Me ofreció ayudarme a estudiar y me dijo que lo viera a su regreso a Managua. Ya habíamos quedado que lo que yo deseaba era ir a la Politécnica.
Los días se deslizaron con asombrosa rapidez y pronto tuve que salir de Juigalpa para ir a Managua; aquí principiaron para mí las dificultades.
Vi alguna hostilidad de parte algunas personas, pero sin saber la razón. Hablé con el secretario del Presidente para mi beca. Me preguntó si yo era bachiller, pues me dijo que no querían que conmigo pasara lo que estaba resultando con Baltodano, un cadete nica que estaba en Guatemala y que era pésimo estudiante. Me vi ante la necesidad mentirle y para mi suerte no me exigió que le presentara mi título.
Uno de los días que llegue a ver a este personaje para terminar los arreglos y conseguir la orden de viaje me preguntó de manera insinuante que cuál era mi credo político. Me puso en un grave aprieto, porque efectivamente yo no tenía ninguno. Como toda mi vida se había desenvuelto en Guatemala, donde nunca oí hablar de partidos, sino únicamente de personas, no atinaba a contestarle. Él me dijo que me preguntaba eso porque yo debía comprender que el Partido Liberal, que era el que mandaba, estaba en la obligación de ayudar primero a los correligionarios y luego al resto de los nicaragüenses, y que como mi familia era conservadora, el señor presidente quería saber a qué partido pertenecía yo. Le contesté que básicamente no tenía ningún partido, pero que en la familia de mi madre todos los Bone eran liberales y que el debía saber que un tío abuelo mío había muerto por el Partido en Cosigüina. Eso fue suficiente y satisfizo al secretario, porque me dio la orden para que me presentara a Relaciones Exteriores a sacar mi pasaporte. En esa dependencia fui atendido por el subsecretario que había sido ministro en Guatemala y el cual me tenía bastante aprecio que siempre me demostró ayudándome en todo lo que podía. precio que siempre me demostró ayudándome en todo lo que podía.
22 jun 2011
28 sept 2009
Julio 1:9
Varias punzadas (que le batían el plexo como lombrices nerviosas y que cuando se sentó en el sofá luego de insertar el DVD en el reproductor y de encender el televisor, se convirtieron en un vacío ancho y tibio un poco más a la derecha) lo hicieron sentir profundamente desdichado.
El DVD empezó a correr.
En la pantalla de menú seleccionó los comentarios en inglés. Adelantó las imágenes del Orange Bowl, del público, de los ricos y famosos que entraban con sus puros caros y con sus trajes elegantes y con mujeres bellísimas del brazo, de los comentaristas hablando sobre la pelea, sobre las posibilidades, de entrada inimaginables, de un combate entre tan grandes boxeadores; uno, un peleador sublíme que dilataba la belleza del deporte hasta lo desmesurado, una máquina exquisíta y letal; el otro, un tornado de inminente aniquilación, decían a toda velocidad y sin volumen. Ellos dos saliendo por el pasillo y subiendo al ring.
Presionó play siete segundos antes que la campana sonara y dejó correr el primer round.
Poco antes que el round acabara adelantó la pelea hasta el trece y lo dejó correr; cuando empezó el catorce se tomó de un trago lo que le quedaba de Gran Reserva en el vaso y, mientras se acomodaba los anteojos de marco rectangular sobre la nariz, inclinó su cuerpo un poco hacia adelante, como para ver mejor.
Una, dos izquierdas. Solamente está midiendo. Todavía podría ser cualquiera de los dos,
Él trataba de mantener la calma pues presión o disgustos era lo que, en ese momento, menos necesitaba.
Su mente y su mirada, que vagabundeaba por los pliegos de Plycem del cielo raso, regresaron a la figura de los dos peleadores en la pantalla: uno, dos, tres... La defensa del tricampeón sucumbía mientras Pryor inauguraba su obra maestra.
De su mente desapareció, por un segundo, el brillo rectangular de la pantalla y fue sustituido por un círculo profundo, un brillo que se movía al fondo. Brillo y reflejo de oscuridad. Un anillo, pensaba Alexis, no un ring. Bueno, sí, allá en Miami sí. A ring. A bowl... the Orange Bowl. Nicaragua is kind of orange. Are you ok? I love your father!, recordó y se dijo: sí que soy un caballero. Yo amo a mi padre. The most valuable thing you have, Mancini.
Cuatro, cinco, seis... siete, pasó por arriba.
Lo único valioso que tengo, pensó ante la gran pantalla de cristal líquido... soy lo único valioso que él tiene tambien. Destrozada, como una lluvia de adoquines. No hay defensa. Ya no puede ser cualquiera de los dos. Es bueno, de verdad que es un hombre, se decía Alexis en la sala iluminada por la luz oscilante del televisor. Not like that kid Mancini, me dijo aquella vez. Este caballero sí sabía lo que decía.
Aunque, la verdad es que yo tambien vine de la calle. Eso sí no me gustó eso que me lo dijera, que él nació en la calle, sin zapatos. Same thing happened to me. Pero si yo tenía zapatos era por mi padre, por Cebollón. Él los hacía. Pero claro, nunca los mejores, lo más barato para la familia.
En la pantalla, Pryor lo mandaba hacia las cuerdas y Alexis bajaba la mirada, tal vez porque se quería ver destrozado, como hace mucho no lo hacía, o quizá recordó los zapatos.
Algo así como que el sexto golpe de los veintitantos fue lo que lo hizo retroceder hasta las cuerdas. Su zapatos, y él los vio, trastabillaron torpemente desde el centro hasta el borde del cuadrilátero, como dos palomas heridas a las que uno ya tiene rodeadas y está a punto de cazar.
Nunca los mejores para la familia. Yo no soy así. Lo mejor, siempre, para mis hijos, para todos en realidad. Era diferente; mi papa nunca tuvo la misma suerte. Tendría yo ¿qué? ¿seis años? Yo lo miraba entre lágrimas. No comprendía, entonces él era tan fuerte. No se rindió. Claro, después comprendí que era el Cebollón que todos conocimos. Pero en ese momento me quedó la impresión.
Cuando rebotó sobre las cuerdas, los ojos se le cerraron por un segundo que comprendía una gran área blanca, o lechosa, un segundo que no era tiempo ni espacio, un segundo que era nada, y por tanto,era eterno. La última imágen era la de aquel negro, de piedra, una verdadera ave de caza destrozándolo sin piedad. Por reflejo, levantó inútilmente la defensa.
Ya ni los contaba...¿Diescisiete, quince, veinte?
Se imaginó lo que su padre pudo haber visto desde aquel pozo. No sabía por qué. No pensaba en otra cosa. Nada, negrura líquida revolviéndose en la oscuridad. Pero él no sabía esto, o no podía estar seguro. Tal vez solamente pensaba en el círculo de luz, de tarde lechosa que solo podría ver desde dentro. Tal vez él era un optimista. Claro, saltar a las tinieblas para alcanzar la luz. Pero sin la luz las tinieblas no existirían, o lo serían todo, entonces no existirían. Una interesante relación, justo ahí. Alto ¿Estoy muriendo?
Pryor lo destruía, Alexis hace rato había perdido la conciencia. No, pero no moría.
No hay mejor lugar para morir. A ver, ¿cuál hubiese sido su última visión? Un tunel muy oscuro con una luz al final, y su cuerpo muriendo entre algo líquido. Agua, lodo, mierda. ¿No es eso la muerte? Momento...
Echó una larga y oscura mirada a la habitación. No miraba la habitación. Miraba su vida, en un segundo, todos los hechos superpuestos y alternandose. Ya al final, la campaña, los del partido, la gente de los barrios. Campeón, lo llamaban otra vez. Él realmente le quería regresar algo a esa gente, los recibía todos los días en su oficina. Esta es mi última gloria. Lo tenía en el cuarto round, pero necesitaba aprender esa lección...
Y ese túnel negro, húmedo y lleno de mierda en el que se reconocía no lo tomaba por sorpresa. Simplemente recordó que la macana y las palas con las que lo había cavado las había dejado colgadas en HODERA, y recordó la zanja. ¿Divertido, no? Esta zanja fue donada por el campeón Alexis Arguello.
Sobre la caja del DVD se desmoronaba el último cerrito de coca.
Levantó la caja y se la puso sobre las rodillas. 23 golpes y Alexis estaba en el suelo. Clase pelea, pensó. Presionó el botón de menú, y puso los comentarios en español.
La campana volvía a anunciar el primer round.
Con el filo de su cédula arrastró el cerrito de coca y aró tres surcos blancos, el título del DVD quedó descubierto: Arguello vs. Pryor. 1982, The Orange Bowl, Miami.
Sí, mi padre quiso morir ahí, en un bowl, en un ring... en un pozo, pues.
No, él no hablaba inglés.
Realmente quería morir. Realmente no sabía si había agua o no al fondo del pozo. Probablemente solo había escuchado que la gente así se mataba. Todos oímos el agua revolverse de repente. No me pareció increible. En realidad el hombre se sentía solo. Agobiado de tantas responsabilidades. Digo, ocho hijos en esa situación, no es cualquiera. Tenía derecho a echarse sus tragos con sus amigos. Ocho hijos. Alexis levantó su mano izquierda y la puso ante su rostro. Vio la cicatriz. Vio a sus siete hermanos sentados a la mesa. Vio su propia mano izquierda tratando de alcanzar un segundo trocito de carne e inmediatamente el brillo plateado del tenedor de su hermano que se ensartaba en su mano y la traspasaba.
Claro, por eso soy boxeador. Necesitaba ayudar con algo. Es lo más justo, yo soy un hombre.
¿Quería ser boxeador a los catorce? Tenía que, no había otra cosa que yo pudiera hacer para ayudarlos. Y cuando llamamos a los bomberos y seguía vivo. Puta, eso es derterminación. Ellos le tiran una silla amarrada a una cuerda, claro para sacarlo del pozo al que se acaba de tirar. Y lo pensó. Duró buen rato en decir “listo, trépenme”. Digo, estaba decididísimo. Soltó la cuerda de la silla, el nudo pudo darle problemas, por eso tardó, la verdad no creo que tuviese que pensarlo mucho. Pero bueno, fue genial, ¿no? Al hombre le tiran una soga con una silla, y el suelta el nudo solamente para volverlo a hacer alrededor de su cuello.
“Bueno, trépenme”, gritó desde el fondo.
Entonces, Alexís solo tenía seis años y esperaba ver a su padre emergiendo del pozo, tranquilamente sentado a la silla, como un rey de las cloacas. Un gran alivio luego de semejante horror. Pero no, su padre se había echado la cuerda al cuello y emergía empapado y como convulsionando, con la lengua de fuera y la cara morada. Pero aún vivía.
No porque el lo hubiese decidido, pensó el campeón. El era un hombre con determinación.
¿A mi alguien me ayudaría si sobrevivo?
Aaron Pryor destrozaba a Alexis una vez más en la pantalla de cristal líquido. La figura de Alexis, recortada por la pantalla, se levantó de repente y presionó una mano contra el pecho. Con la otra apagó el televisor. Una brutal taquicardia lo asaltó de pronto, algo relacionado a su problema cardíaco, a la reciente recaída, mucho bacanal y muchos vergazos no van bien. Pero no. Sentía en su corazón algo como un pozo oscuro que latía desbordante de oscuridad e infestado por toda clase de alimañas. Un pozo que había sido llenado con mierda y lodo.
Pero en un pozo común y corriente, sin luz, a lo sumo, uno puede oler esto o sentir el roce de aquello, pero no, en ese pozo aún brillaba la luz inmaculada de un campeón, de un artista puro. Y gracias a esa luz Alexis no solo intuía a las cucarachas y los gusanos batiéndose entre el lodo y la mierda, sino que los miraba. Miraba como se arrastraban y lo rodeaban. Los miraba cubriendo las paredes y desmoronándose desde ellas. Los miraba lamiendo a sus hijos, a su gente, a su país. Los miraba por todos lados y ya la taquicardia era insoportable.
Caminó un rato por la casa, sin rumbo. Bajó a la cocina y se sirvió un vaso con agua.
Desde la ventana se podía ver una franja larga de cielo, una que parecía emerger de las enredaderas y de las espinas que cubrían el muro. Una larga franja de cielo morado, atravesada por un par de cables de electricidad y por unas pocas nubes breves y horizontales.
Vio su rostro formarse en el círculo de agua cristalina que se movía dentro del vaso donde también vio varios destellos que lo rodeaban y que eran como diminutos reflectores y flashes de cámaras.
Cuando agarró el vaso y se destrozó el reflejo, mientras el agua le bajaba por la garganta y le caía pesada y fría en el estómago vació, Alexis fue inundado por una paz larga, blanca y lechosa.
No era una luz, si no algo que penetraba más que una luz.
Era una paz momentánea y necesariamente pasajera.
Soy un campeón, se dijo, a pesar de Pryor, sigo siendo un campeón, a pesar de cualquier cosa, yo soy un campeón y eso nadie me lo quita.
Una paz infinita, pero necesariamente pasajera, que estuvo ahí por un par de horas, hasta que la madrugada empezó a desvanecerse para ceder ante una luz débil y tierna que más tarde sería luz fuerte y unánime en un día caluroso, quizá con una lluvia momentánea que rápidamente se evaporaría desde las calles de Managua; fue una paz que por un rato le quitó la taquicardia, hasta que un balazo le quitó esa paz y todo fue, ahora sí, blanco y luminoso.
El DVD empezó a correr.
En la pantalla de menú seleccionó los comentarios en inglés. Adelantó las imágenes del Orange Bowl, del público, de los ricos y famosos que entraban con sus puros caros y con sus trajes elegantes y con mujeres bellísimas del brazo, de los comentaristas hablando sobre la pelea, sobre las posibilidades, de entrada inimaginables, de un combate entre tan grandes boxeadores; uno, un peleador sublíme que dilataba la belleza del deporte hasta lo desmesurado, una máquina exquisíta y letal; el otro, un tornado de inminente aniquilación, decían a toda velocidad y sin volumen. Ellos dos saliendo por el pasillo y subiendo al ring.
Presionó play siete segundos antes que la campana sonara y dejó correr el primer round.
Poco antes que el round acabara adelantó la pelea hasta el trece y lo dejó correr; cuando empezó el catorce se tomó de un trago lo que le quedaba de Gran Reserva en el vaso y, mientras se acomodaba los anteojos de marco rectangular sobre la nariz, inclinó su cuerpo un poco hacia adelante, como para ver mejor.
Una, dos izquierdas. Solamente está midiendo. Todavía podría ser cualquiera de los dos,
Él trataba de mantener la calma pues presión o disgustos era lo que, en ese momento, menos necesitaba.
Su mente y su mirada, que vagabundeaba por los pliegos de Plycem del cielo raso, regresaron a la figura de los dos peleadores en la pantalla: uno, dos, tres... La defensa del tricampeón sucumbía mientras Pryor inauguraba su obra maestra.
De su mente desapareció, por un segundo, el brillo rectangular de la pantalla y fue sustituido por un círculo profundo, un brillo que se movía al fondo. Brillo y reflejo de oscuridad. Un anillo, pensaba Alexis, no un ring. Bueno, sí, allá en Miami sí. A ring. A bowl... the Orange Bowl. Nicaragua is kind of orange. Are you ok? I love your father!, recordó y se dijo: sí que soy un caballero. Yo amo a mi padre. The most valuable thing you have, Mancini.
Cuatro, cinco, seis... siete, pasó por arriba.
Lo único valioso que tengo, pensó ante la gran pantalla de cristal líquido... soy lo único valioso que él tiene tambien. Destrozada, como una lluvia de adoquines. No hay defensa. Ya no puede ser cualquiera de los dos. Es bueno, de verdad que es un hombre, se decía Alexis en la sala iluminada por la luz oscilante del televisor. Not like that kid Mancini, me dijo aquella vez. Este caballero sí sabía lo que decía.
Aunque, la verdad es que yo tambien vine de la calle. Eso sí no me gustó eso que me lo dijera, que él nació en la calle, sin zapatos. Same thing happened to me. Pero si yo tenía zapatos era por mi padre, por Cebollón. Él los hacía. Pero claro, nunca los mejores, lo más barato para la familia.
En la pantalla, Pryor lo mandaba hacia las cuerdas y Alexis bajaba la mirada, tal vez porque se quería ver destrozado, como hace mucho no lo hacía, o quizá recordó los zapatos.
Algo así como que el sexto golpe de los veintitantos fue lo que lo hizo retroceder hasta las cuerdas. Su zapatos, y él los vio, trastabillaron torpemente desde el centro hasta el borde del cuadrilátero, como dos palomas heridas a las que uno ya tiene rodeadas y está a punto de cazar.
Nunca los mejores para la familia. Yo no soy así. Lo mejor, siempre, para mis hijos, para todos en realidad. Era diferente; mi papa nunca tuvo la misma suerte. Tendría yo ¿qué? ¿seis años? Yo lo miraba entre lágrimas. No comprendía, entonces él era tan fuerte. No se rindió. Claro, después comprendí que era el Cebollón que todos conocimos. Pero en ese momento me quedó la impresión.
Cuando rebotó sobre las cuerdas, los ojos se le cerraron por un segundo que comprendía una gran área blanca, o lechosa, un segundo que no era tiempo ni espacio, un segundo que era nada, y por tanto,era eterno. La última imágen era la de aquel negro, de piedra, una verdadera ave de caza destrozándolo sin piedad. Por reflejo, levantó inútilmente la defensa.
Ya ni los contaba...¿Diescisiete, quince, veinte?
Se imaginó lo que su padre pudo haber visto desde aquel pozo. No sabía por qué. No pensaba en otra cosa. Nada, negrura líquida revolviéndose en la oscuridad. Pero él no sabía esto, o no podía estar seguro. Tal vez solamente pensaba en el círculo de luz, de tarde lechosa que solo podría ver desde dentro. Tal vez él era un optimista. Claro, saltar a las tinieblas para alcanzar la luz. Pero sin la luz las tinieblas no existirían, o lo serían todo, entonces no existirían. Una interesante relación, justo ahí. Alto ¿Estoy muriendo?
Pryor lo destruía, Alexis hace rato había perdido la conciencia. No, pero no moría.
No hay mejor lugar para morir. A ver, ¿cuál hubiese sido su última visión? Un tunel muy oscuro con una luz al final, y su cuerpo muriendo entre algo líquido. Agua, lodo, mierda. ¿No es eso la muerte? Momento...
Echó una larga y oscura mirada a la habitación. No miraba la habitación. Miraba su vida, en un segundo, todos los hechos superpuestos y alternandose. Ya al final, la campaña, los del partido, la gente de los barrios. Campeón, lo llamaban otra vez. Él realmente le quería regresar algo a esa gente, los recibía todos los días en su oficina. Esta es mi última gloria. Lo tenía en el cuarto round, pero necesitaba aprender esa lección...
Y ese túnel negro, húmedo y lleno de mierda en el que se reconocía no lo tomaba por sorpresa. Simplemente recordó que la macana y las palas con las que lo había cavado las había dejado colgadas en HODERA, y recordó la zanja. ¿Divertido, no? Esta zanja fue donada por el campeón Alexis Arguello.
Sobre la caja del DVD se desmoronaba el último cerrito de coca.
Levantó la caja y se la puso sobre las rodillas. 23 golpes y Alexis estaba en el suelo. Clase pelea, pensó. Presionó el botón de menú, y puso los comentarios en español.
La campana volvía a anunciar el primer round.
Con el filo de su cédula arrastró el cerrito de coca y aró tres surcos blancos, el título del DVD quedó descubierto: Arguello vs. Pryor. 1982, The Orange Bowl, Miami.
Sí, mi padre quiso morir ahí, en un bowl, en un ring... en un pozo, pues.
No, él no hablaba inglés.
Realmente quería morir. Realmente no sabía si había agua o no al fondo del pozo. Probablemente solo había escuchado que la gente así se mataba. Todos oímos el agua revolverse de repente. No me pareció increible. En realidad el hombre se sentía solo. Agobiado de tantas responsabilidades. Digo, ocho hijos en esa situación, no es cualquiera. Tenía derecho a echarse sus tragos con sus amigos. Ocho hijos. Alexis levantó su mano izquierda y la puso ante su rostro. Vio la cicatriz. Vio a sus siete hermanos sentados a la mesa. Vio su propia mano izquierda tratando de alcanzar un segundo trocito de carne e inmediatamente el brillo plateado del tenedor de su hermano que se ensartaba en su mano y la traspasaba.
Claro, por eso soy boxeador. Necesitaba ayudar con algo. Es lo más justo, yo soy un hombre.
¿Quería ser boxeador a los catorce? Tenía que, no había otra cosa que yo pudiera hacer para ayudarlos. Y cuando llamamos a los bomberos y seguía vivo. Puta, eso es derterminación. Ellos le tiran una silla amarrada a una cuerda, claro para sacarlo del pozo al que se acaba de tirar. Y lo pensó. Duró buen rato en decir “listo, trépenme”. Digo, estaba decididísimo. Soltó la cuerda de la silla, el nudo pudo darle problemas, por eso tardó, la verdad no creo que tuviese que pensarlo mucho. Pero bueno, fue genial, ¿no? Al hombre le tiran una soga con una silla, y el suelta el nudo solamente para volverlo a hacer alrededor de su cuello.
“Bueno, trépenme”, gritó desde el fondo.
Entonces, Alexís solo tenía seis años y esperaba ver a su padre emergiendo del pozo, tranquilamente sentado a la silla, como un rey de las cloacas. Un gran alivio luego de semejante horror. Pero no, su padre se había echado la cuerda al cuello y emergía empapado y como convulsionando, con la lengua de fuera y la cara morada. Pero aún vivía.
No porque el lo hubiese decidido, pensó el campeón. El era un hombre con determinación.
¿A mi alguien me ayudaría si sobrevivo?
Aaron Pryor destrozaba a Alexis una vez más en la pantalla de cristal líquido. La figura de Alexis, recortada por la pantalla, se levantó de repente y presionó una mano contra el pecho. Con la otra apagó el televisor. Una brutal taquicardia lo asaltó de pronto, algo relacionado a su problema cardíaco, a la reciente recaída, mucho bacanal y muchos vergazos no van bien. Pero no. Sentía en su corazón algo como un pozo oscuro que latía desbordante de oscuridad e infestado por toda clase de alimañas. Un pozo que había sido llenado con mierda y lodo.
Pero en un pozo común y corriente, sin luz, a lo sumo, uno puede oler esto o sentir el roce de aquello, pero no, en ese pozo aún brillaba la luz inmaculada de un campeón, de un artista puro. Y gracias a esa luz Alexis no solo intuía a las cucarachas y los gusanos batiéndose entre el lodo y la mierda, sino que los miraba. Miraba como se arrastraban y lo rodeaban. Los miraba cubriendo las paredes y desmoronándose desde ellas. Los miraba lamiendo a sus hijos, a su gente, a su país. Los miraba por todos lados y ya la taquicardia era insoportable.
Caminó un rato por la casa, sin rumbo. Bajó a la cocina y se sirvió un vaso con agua.
Desde la ventana se podía ver una franja larga de cielo, una que parecía emerger de las enredaderas y de las espinas que cubrían el muro. Una larga franja de cielo morado, atravesada por un par de cables de electricidad y por unas pocas nubes breves y horizontales.
Vio su rostro formarse en el círculo de agua cristalina que se movía dentro del vaso donde también vio varios destellos que lo rodeaban y que eran como diminutos reflectores y flashes de cámaras.
Cuando agarró el vaso y se destrozó el reflejo, mientras el agua le bajaba por la garganta y le caía pesada y fría en el estómago vació, Alexis fue inundado por una paz larga, blanca y lechosa.
No era una luz, si no algo que penetraba más que una luz.
Era una paz momentánea y necesariamente pasajera.
Soy un campeón, se dijo, a pesar de Pryor, sigo siendo un campeón, a pesar de cualquier cosa, yo soy un campeón y eso nadie me lo quita.
Una paz infinita, pero necesariamente pasajera, que estuvo ahí por un par de horas, hasta que la madrugada empezó a desvanecerse para ceder ante una luz débil y tierna que más tarde sería luz fuerte y unánime en un día caluroso, quizá con una lluvia momentánea que rápidamente se evaporaría desde las calles de Managua; fue una paz que por un rato le quitó la taquicardia, hasta que un balazo le quitó esa paz y todo fue, ahora sí, blanco y luminoso.
4 sept 2009
4454
4.4.54
–A pesar de todo, me venís a ver aquí…, dijo la voz, que se estremecía desde una esquina del cuarto, seca y ardiente, como un campo de algodón a medio día.
El grave silencio que mantenía el otro se diluyó de golpe:
– ¡Tráiganle agua, por lo menos!, ordenó a un guardia, desgarrándose un nudo que le apretaba la garganta.
…sombrío jadeo espectral; pasta trémula y reseca,
olvidada hace tiempo sobre el armario.
…al fondo del río y
en danza circular
peces mordiscones
traen a flote
un brazo dinamitado:
d
a
n
z
a
v
a
n
z
a retroceden y
avanzan.
F
o
r
m
de rostro deshecha
en la oscuridad del tiempo.
n ¡ignorado patriarca!
i
g Forma de rostro
m diluida:
a gruesa resina
t chorreando
e ramas abajo
en el árbol
de frutos constelados…
–Sos mi amigo, Luis, reanudó la voz, raspando la oscuridad del cuarto. Aquella vez me abrazaste delante de toda esa gente.
Sí, soy tu amigo, Adolfo; soy tu amigo, y aquí estoy, en el preludio de tu muerte, a pesar de todo; soy tu amigo, y no me juzgués. No todos somos héroes.
–¡Já!, “Héroes” –exclamó mí voz—.Vos sos, más bien, de esa terquedad que forja héroes: terquedad de piedra de río y de pira fúnebre.
Ya llegamos,
en el camioncito
que revienta de algodón
sobre la carretera negriazul
acuosa bajo el sol…
El preludio de tu muerte… e insistís que sea magistral:
traje de noche, maculado de estrellas; batuta en mano y despachás un soplo de olas que danza alegre entre el pelo de Lilliam: pianíssimo;
tu figura de pie, elegante sobre la roca seca y vieja que corona el acantilado: el agua baja su nivel y la franja húmeda que la oscurece queda desnuda —mezzo piano—: 17 cangrejos cesan su danza mecánica, el sol se deshace sobre ellos.
Sforzato: Batuta de glicerina y sangre en mano: forte: el brazo quemado se pierde en lo alto junto al escupitajo negro y espeso. Caen toscos, esquizofrénicos.
Fortíssimo: vidrios rotos. En su trayectoria aérea dibujan una rosa de los vientos. El público exclama. Se encienden los reflectores y rompen los aplausos.
Al ritmo de los brazos, olas de espumosa sangre ascienden y en lo alto se cruzan con pesados jirones de terciopelo negro; caen sobre el tablado donde tu figura, a la par de tu sombra, se desdibuja oscura: fortíssimo forte.
El telón baja puntual y sin asombro,
seguro como un ocaso.
El público llora, grita
y aplaude eufórico,
las luces se encienden;
todos salen.
La puerta se abrió y el umbral desdobló un débil brillo que recortaba la figura de varios guardias que, en cuclillas, intercambiaban cigarrillos y un encendedor, mientras otros, de pie, comentaban con gran solemnidad acerca del ex teniente que tenían preso y torturado. La puerta se volvió a cerrar y los pensamientos se reanudaron dentro del cuartito oscuro, más apacibles.
Aquella vez estabas flaquísimo, ya sabíamos que te acababan de sacar y yo te pensaba ir a visitar uno de esos días, con el pretexto de hablar asuntos de negocios; pero esa noche te encontré saliendo del cine y no hubo pretexto.
El guardia que había entrado garabateó algo sobre una libreta; desde el patio interior del cuartel de Las Esquinas el sol desmayaba sus últimos y pálidos rayos. El ex teniente de la G. N. había sido capturado en los cafetales de la zona, junto a una columna insurrecta cuyo fin era ajusticiar al dictador, y estaba a punto de ser ejecutado.
–Mis hijos…, le costaba decir a la voz que se marchitaba como un eco sin origen. Cuidalos.
Un frasco de tintachina rojamagenta tornasol abresangre río abajo. Una pasta trémula de carne jadeante empuña la hoja de acero bañada de rocío que corta el caudal de la selva oscura, se abre paso veloz tronco abajo: tinieblas tan densas que podían palparse; sangra el tronco: muere padre, nace espíritu: desde las raíces crece una voz de trueno en densa nubenegra de infinitas hormigas: “Hacia la media noche yo atravesaré el país de Egipto”...mastica hijos.
el zelote insomne
En los días y momentos previos a la captura, en Managua se desarrollaba una serie de episodios que fueron decisivos para el total fracaso de la operación.
No hace mucho habían entrado a Nicaragua desde Costa Rica y todo iba saliendo mal; primero, porque el telegrama (en el que avisaban que la fiesta donde planeaban capturar a Somoza se había cancelado) llegó a Costa Rica cuando ellos ya habían salido. Luego, de los 150 hombres que se necesitaban para tomarse la Loma (tal era el segundo plan) solo estaba la mitad, porque en la reunión del día anterior, tras un altercado entre Emiliano Chamorro y Báez Bone, Chamorro decidió retirarse y no poner a los suyos.
El desvelo, las pastillas y la tensión del operativo ya tenían loco a uno de los que permanecía en la capital, y al tercer día, mientras hacía posta, empezó a delirar con que lo perseguían. Se levantó alterado y tomó un vehículo. Una fuerte taquicardia y una obstinada paranoia lo hacían apretar el acelerador hasta el fondo. Al cabo de un rato, un jeep de la guardia lo paró.
–¡No me torturen, por favor!, lloraba con acelerada respiración. Voy a contarles todo, se lo juro, les doy nombres, lugares, ¡todo!
–A ver, ¡bájase!, ordenó uno de los guardias mientras lo jalaba de la camisa.
–Está fundido este desgraciado, dijo el otro entre risas.
–Va de viaje si, respondió el otro.
Llegaron al cuartel, y entre sollozos lo sentaron esposado sobre un banquito de madera.
–Dale perro, contá pues, vociferó uno de los guardias mientras le golpeaba la nuca.
–Si señor, escúcheme si, que le juro que es la verdad, no me hagan nada… es grueso esto, dijo con repentino tono de complicidad. Están metidos un montón de ex guardias y gente de otros lados, balbuceaba entre jadeos. Varios presidentes les están dando plata y armas desde hace rato a los exiliados; entramos desde Costa Rica por el Lago, y de ahí llegamos cerca de Managua por el río Tipitapa, aquí nos ayudaron los del PLI y los Conservadores, y ya varios de adentro de la guardia están sublevados. Pero todo ha fracasado: la fiesta en el club se canceló, hay la mitad de hombres. Manuel Gómez, el que luchó contra Sandino está en esto también, el proponía armar una guerrilla y levantarse desde Las Segovias, pero al final se optó por tender una emboscada para capturar y matar a Somoza, en una curva de la carretera de las Sierras, porque hoy es domingo, y seguramente va a Montelimar, dijo como si pronunciase una sola palabra; ya más calmado agregó, pero los van a matar, ya todo está perdido…
Los guardias lo miraban entre risas y asombro.
–Este jodido esta arriba de los palos, dijo un guardia en tono de burla.
–Debe ser, pero oí todo lo que sabe… mejor avisamos, respondió el otro.
Levantaron el teléfono y se comunicaron con Somoza personalmente.
–Debe ser algún loco, pero tortúrenlo por cualquier cosa, ordenó la voz desde el teléfono.
–Que le demos dice el General.
El trance de las pastillas lo mantuvo despierto y conciente durante todo el suplicio, luego perdió el conocimiento; rato después, se despertó amarrado a una silla metálica, hecho un bulto tembloroso y sangrante, con varias costillas y dientes rotos, una superficie de sangre y carne palpitante cubría el espacio desde donde las uñas fueron arrancadas. Repetía la misma historia, lo que convenció a los guardias y al propio Somoza. Se puso en alerta al ejército y rato después los aviones de la guardia cruzaban el cielo de Managua.
la quinta palabra
¿Tiene sentido esto?, me preguntan Ernesto y Pedro Joaquín. Una postal de un amigo que recién llega a Valhalla, y en lugar de contarme cómo le va, qué tal el clima en Asgard, si ha conocido gente nueva, se acuerdo de esto. Cómo no va a tener sentido. ¿Por qué no descansás, Adolfo? Me mandás notitas comprometedoras, buscando que me joda la guardia.
Ya casi un año desde que habían asesinado a todos los del levantamiento. Algunos de los sobrevivientes estaban en el exilio. Varios de los conspiradores, e incluso gente que nada tenía que ver, estaban presos o asilados.
–Aja… ¿Y de dónde sacaron esa babosada?, preguntó Luis Pallais, disimulando su terror.
–Pues la ouija1 que me diste, respondió Pedro Joaquín. Solo Báez Bone contesta, dijo sin bajar la mano que mostraba el papel en el que se leía:
Luis amigo que me abrazó
delante de mucha gente
y me dio agua antes morir
la cacería
No referiré muchos detalles en cuanto a la captura de la columna, solo diré que todo fue un fracaso, y acabaron bajándose del camioncito en el que iban en diferentes puntos de la carretera. La Guardia venía atrás y empezó la cacería humana. Como dije, no referiré mayores detalles a este baño de sangre, pasajes muy interesantes y de gran utilidad histórica (y a la vez contradictorios con mi versión) se encuentran en el libro de don Chuno Blandón, Entre Sandino y Fonseca. Edición corregida y aumentada, y en el del padre Ernesto Cardenal, Revolución Perdida.
Solo diré que a Báez Bone lo capturaron vivo y fue conducido a los aposentos del propio Somoza para ser torturado. Iban a matarlo, eso ya estaba decidido.
ecce homo
In nominee Patris
Et filii
Et Spiritūs Sancti
_____________ El Nuevo Diario_______Sábado, 4 de abril de 2009
PARRICIDA ESPERÓ A QUE TODOS DURMIERAN PARA COMETER CRÍMEN
Camisa como silenciador para matar a hijo
*Padre cargó en sus brazos a Jacob de Jesús, su hijo de nueve años, para llevarlo de la cama al Sofá, donde le hizo un disparo en la cabeza.
*Luego, volvió a llevar el cadáver a la cama, cubriéndolo con una sábana y lo hizo resucitar al tercer día.
David X. Pasos
Las luces del aeropuerto de Guatemala parpadeaban torpes y sin destinatario. Sobre las arterías de la capital las tropas yankees hacían sonar sus botas, mientras escoltaban al coronel que entraba triunfante tras haber invadido su propia patria; la orgía de sangre y muerte se inauguraba.
–…since you come from Galilee,
then you need not come to me.
You're Herod's race!
You're Herod's case!
Lo pudo haber evitado si hubiese contado con buzones en el momento en el que el pueblo le pidió las armas para defender la democracia y la soberanía de la patria. Hubiese tenido al menos parte de esos buzones si su amigo Báez Bone y su columna hubiese triunfado en Nicaragua y enviado las armas que Somoza tenía en el aeropuerto Las Mercedes, y que, una vez recuperadas, serían destinadas a la lucha del pueblo guatemalteco.
Desde la pequeña habitación del aeropuerto y a través de la ventana, aturdido por los flashes y las cámaras, el presidente derrocado clavó sus ojos valientes en el cieloceánico de alquitrán y estrellas, luego su mirada se distrajo con las alas de cera de la avioneta que lo esperaba: unos días en México; la solicitud de negación a la sangre en Suiza; el aislamiento en París y el acoso de la policía francesa; el asilo brindado por el bloque comunista: Checoslovaquia, dónde lo recibirán con recelo y desconfianza…
–Talk to me Jesus Christ.
You have been brought here
Manacled, beaten by your own people.
Do you have the first idea why you deserve it?
De Praga a Moscú, y de ahí a China. Asilo en Uruguay, y la invitación de Fidel, en 1960, para que viviese la Revolución Cubana.
–Por acá, dijo un militar. Suba los brazos, le ordenó mientras le desabrochaban la faja.
El aeropuerto se infestó de una multitud de cíclopes sanguinarios que estallaba en carcajadas y fortísimos golpes de luz. Se burlaban e insultaban a aquel hombre destrozado, mientras era desnudado ante todos. Las cámaras lo acosaban desde todos los ángulos. En un brusco movimiento, sus pupilas engulleron los rostros de los que ahí se encontraban.
Mientras Jacobo desabrochaba el último botón de su camisa blanca, el arma de un militar soltó un fuerte escupitajo de fuego y plomo con el que la muchedumbre se disolvió.
–Then you’re a king?
–It’s you that say i am! I look for truth
and find that I get damned!
–But what is truth? Is truth a changing law?
We both have truths. Are mine the same as yours?
La muchedumbre regresó incontenible. Lo escupían e insultaban a su familia, a quienes también hicieron desnudar.
Luego de mucho vagar por el mundo, Arbenz será acogido, como huésped de honor en la Habana (porque la Revolución si triunfará). Gran hospitalidad recibirá Jacobo de Fidel, su anfitrión, tanta que este último liberará al hijo de su huésped luego que atropelle y mate a uno de los queridísimos amigos de Castro. Lleno de vergüenza por el homicidio culposo perpetrado por su hijo, abandonará la isla sin que se lo pidan, y se trasladará a Suiza.
Luego descubrirá el amorío de su esposa con un agente cubano, quien le impartirá clases de alemán durante el asilo, y de quien Arbenz será víctima de numerosos chantajes por muchos años; luego, su hija, la actriz Arabella Arbenz, se suicidará como resultado de una discusión con su novio, el torero y actor Jaime Bravo; luego de tantas tragedias regresará a Suiza, donde la soledad y el alcohol serán sus huéspedes permanentes e indeseados. Su Odisea alcanzará el último capítulo cuando Arbenz se instale por un tiempo en México, desde donde mantendrá la esperanza de regresar a su Ítaca, esta vez no victorioso, al lecho donde no lo esperará la mujer que lo ha de traicionar, ni el hijo que lo hiará salir de Cuba, las únicas dos personas que le quedarán en el mundo.
Durante una de sus noches en México, el alboroto de los truenos y la fortísima luz de los rayos lo provocarán una ansiedad inexplicable. Se dispondrá a tomar un baño de agua caliente; cuando el agua empiece a hervir dentro de la bañera, él se desnudará a la vez que la luces de los rayos desnuden el cielo del D.F. Repentinamente verá su cuarto de baño repleto de rostros. La voz de la tormenta se confundirá con los gritos remotos que hoy lo humillan en el aeropuerto de Guatemala, la luz de sus rayos, con los flashes de las cámaras.
–Behold the man, behold your shattered King
–We have no king but Caesar!
–You hippocrites, you hate us more than him
–We have no King but Caesar! Crucify him!
–I see no reason. I find no evil.
this man is harmless, so why does he upset you?
he's just misguided, thinks he's important,
but to keep you vultures happy I shall flog him!
–Crucify him! Crucify him!
Crucify! Crucify! Crucify! Crucify!
Pilate, remember Caesar. You have a duty
to keep the peace, so crucify him!
Remember Caesar. You'll be demoted.
You'll be deported. Crucify him!
La camisa blanca que hoy cuelga en el aeropuerto de Guatemala, colgará de una pared en su apartamento de México. El mismo cuerpo desnudo y derrotado. La misma carne y los mismos ideales, pero ahora amontonados en pestañas de papel viejo en la boca del estómago; el mismo destino, que se demora pero no olvida. Se arrodillará ante el agua casi hirviente de la bañera, desde el fondo agitado verá la figura de algo que parecerá ser su propio rostro, luego comprenderá que se trata del de Castillo Armas, luego de todos sus compañeros en la academia militar, (sobre todo rescataba la figura de Báez Bone), y por último entenderá que se trata de la muchedumbre que hoy lo ataca. Todo se llenará de un blanco amarillento que crecerá en su cuerpo, a la par de un incesante hormigueo. Perderá el equilibrio y de golpe zambullirá la cabeza y la mitad del cuerpo en el agua hirviente. Ahí permanecerá por tres días. El calor le arrancará la vida de a poco, a la vez que el agua caliente ahogue sus pulmones, será una carrera nefasta. El destino sabrá urdir dos de las formas de muerte más insoportables, y hacerlas converger sobre este hombre, de quien un amigo, a manera de epitafio, expresó que “…pasó por el mundo dejando una huella luminosa en el corazón de su pueblo y de los amigos que conocimos a fondo la generosidad y la entereza de su acerado espíritu, no estuvo en su mano eludir el fracaso final ni las desgracias a que parecía estar signado”.
iesous ton barabban
Los Somoza agarraron la camisa que colgaba de la pared, se la pusieron y empezaron a subir la escalera.
Imponentes, los carnosos Somoza padre y Somoza hijo llegaron desde lo alto de la escalera, trayendo consigo un tazón de espuma sobre el cual un espejo y una navaja yacían cruzados. Se pararon ante los dos rebeldes capturados, sobre quienes ya habían dado orden de “no tocar”, pues ellos se encargarían en persona, esto, meses antes del derrocamiento de Arbenz.
Somoza García (victimario) y Báez Bone (víctima) se conocían perfectamente; años antes, antes de los golpes de Estado, Somoza había sido el padrino en la boda de Adolfo y Lilliam, pues Báez Bone era un destacado militar dentro de las filas de la Guardia Nacional que Somoza lideraba. Años después se reveló y vino la Legión del Caribe, Arbenz, Figueres, algunas de las cosas relatadas y finalmente, el 4 de Abril del 54.
Somoza padre recordó la voz del embajador estadounidense que estallaba violentamente hace ya años.
–Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify!, ladraba la voz desde el auricular del teléfono.
–But, mister ambassador, what about the people, they don’t see him as a bandit, they think he is a hero… Their fucking Messiah! Fuck, he doesn’t even want to be president… I mean, how could we kill him without the dread of a revolution? What would be the excuse?
–I don’t give a shit, Somoza; I don’t give a shit about you and your bloody excuses!, dijo desesperado. We didn’t pick a coward to lead the Nicaraguan Army, did we? You have to destroy him. He neutralized our invasion army with only thirty fucking hillbillies of this shitty country of yours; you’re in troubles Somoza, you better eliminate that fucker before we eliminate you!, prosiguió con tono más calmado. Is that clear?
Su mente regresó a la habitación del Campo de Marte, y se topo repentinamente con sus propios ojos que lo escrutaban desde el espejo rectangular, lo bajó un poco y escuchó el largo y cínico discurso que pronunciaba su hijo, discurso al cual Báez Bone, atado a una silla, respondía con irreverencias, insultos o retos. Tal fue el curso de las palabras, hasta que Somoza García, que solo había hablado con el detenido cuando recién había llegado, y que permanecía rasurándose silencioso, desde las sombras, hastiado por la necedad de Báez Bone, ordenó que le cortaran la lengua.
–Y ahora, dijo Somoza García acercándosele mucho a la cara y clavando su mirada en los ojos brillantes sin prestar atención a la espesa y oscura sangre que chorreaba de su boca, ¿qué me decís Adolfo?
Báez Bone ni parpadeaba. Solo le regresaba la miraba, mientras algo parecido a una sonrisa ensortijaba sus labios.
¡La camisa! ¡la camisa! ¡la camisa! ¡esa va a ser tu ruina hijoeputa! no te queda mucho ellos bailan alegres y las charolas trazan sus trayectorias circulares entre la gente una abandona su rotación se eclipsa y Bang! Bang! Bang! te fuiste! mirá como me tenés ¡tocá mi sangre! ¡tocala! está fría porque tengo veneno, sabés? ¡Sentilo! ¡sentilo! ¡comemierda! ¡sentilo hijuelagranputa! del Santo Salvador viene tu ruina por el Monte Ribas León un pueta Te fuiste tiste Ni adios dijiste Por el brazo muerto de mi padre que no te librás de mi sangre que te perseguirá ni de mi veneno frío y seco amén! BANG! BANG! BANG! Stick the map motherfucker! Tiquimáu! te va a alcanzar por mucho que tardés en morir no tenés gran variedad de destinos BANG! BANG! BANG!
–Aja Báez Bone, ¿qué me decís ahora?
La sonrisa no se le quitaba del rostro.
–¿De qué se ríe este imbécil, papá?, preguntó el hijo acercándose mucho al condenado. Casi en el acto la expresión de Báez Bone se convirtió en la de un animal sanguinario en plena cacería, y de repente, junto a un grito de dolor, tristeza y gloria soltó un espeso escupitajo de sangre oscura que maculó para siempre la camisa de Padre e hijo. Pasaron los días, y Báez Bone, luego de varias jornadas de intensa tortura, fue llevado cerca de donde los capturaron, lo echaron vivo a una fosa y le prendieron fuego.
Un par de años después, en el Club Social de León, la camisa blanca de Somoza García chorreaba espesa sangre desde varios agujeros en su costado, a la vez que incontables ráfagas de plomo destrozaban el cuerpo del tiranicida, un joven “pueta” leonés que había llegado desde su exilio voluntario en El Salvador solo a matar a Somoza.
La ouija de Pedro Joaquín ya desde hace rato hablaba sobre doña Salvadora vestida de luto, y de muchas desgracias, por eso Somoza se la regresó al papá de Luis Pallais, que se la había regalado originalmente, y así llegó a manos de Pedro Joaquín.
Nada referiré sobre lo que se ha dicho en cuanto a los delirios de Somoza Debayle, concernientes a la camisa de su padre muerto, la sangre de Báez Bone y sangre (inexistente) en su propia camisa.
y mi sangre te perseguirá
Luis, amigo que me abrazaste, recordó Pallais, años después cuando presenciaba cómo Tachito, que desde hace rato estaba ebrio y con quien había recuperado relación, ordenaba una matanza contra estudiantes en León. Luis, amigo, eso es genocidio… La voz en su cabeza todavía se parecía a la de Báez Bone. Miró alrededor. Todo bien. Todo normal, estás muerto.
Somoza hijo, histérico, hacía exageradas muecas al teléfono, luego, lo tiró con fuerza, mientras balanceaba un trago de whiskey en su otra mano.
–¿Quién me va a joder a mí? ¿Ah?, gritó, mientras lanzaba una mirada extraviada a todos los invitados de la fiesta. ¿Quién? ¡Somoza For Ever! OK?
A Luis Pallais lo invadió una profunda e íntima vergüenza, tan profunda que era imperceptible. Un mareo lo distrajo, movió su cabeza por el cuarto sin ver nada. Cuando le regresó la vista, notó que Tachito hacía un gran escándalo porque había derramado un trago sobre su camisa mientras, entre llantos, ordenaba a todos los invitados que lo asistieran, soltando una o dos maldiciones, totalmente incomprensibles, contra Báez Bone.
–A pesar de todo, me venís a ver aquí…, dijo la voz, que se estremecía desde una esquina del cuarto, seca y ardiente, como un campo de algodón a medio día.
El grave silencio que mantenía el otro se diluyó de golpe:
– ¡Tráiganle agua, por lo menos!, ordenó a un guardia, desgarrándose un nudo que le apretaba la garganta.
…sombrío jadeo espectral; pasta trémula y reseca,
olvidada hace tiempo sobre el armario.
…al fondo del río y
en danza circular
peces mordiscones
traen a flote
un brazo dinamitado:
d
a
n
z
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v
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n
z
a retroceden y
avanzan.
F
o
r
m
de rostro deshecha
en la oscuridad del tiempo.
n ¡ignorado patriarca!
i
g Forma de rostro
m diluida:
a gruesa resina
t chorreando
e ramas abajo
en el árbol
de frutos constelados…
–Sos mi amigo, Luis, reanudó la voz, raspando la oscuridad del cuarto. Aquella vez me abrazaste delante de toda esa gente.
Sí, soy tu amigo, Adolfo; soy tu amigo, y aquí estoy, en el preludio de tu muerte, a pesar de todo; soy tu amigo, y no me juzgués. No todos somos héroes.
–¡Já!, “Héroes” –exclamó mí voz—.Vos sos, más bien, de esa terquedad que forja héroes: terquedad de piedra de río y de pira fúnebre.
Ya llegamos,
en el camioncito
que revienta de algodón
sobre la carretera negriazul
acuosa bajo el sol…
El preludio de tu muerte… e insistís que sea magistral:
traje de noche, maculado de estrellas; batuta en mano y despachás un soplo de olas que danza alegre entre el pelo de Lilliam: pianíssimo;
tu figura de pie, elegante sobre la roca seca y vieja que corona el acantilado: el agua baja su nivel y la franja húmeda que la oscurece queda desnuda —mezzo piano—: 17 cangrejos cesan su danza mecánica, el sol se deshace sobre ellos.
Sforzato: Batuta de glicerina y sangre en mano: forte: el brazo quemado se pierde en lo alto junto al escupitajo negro y espeso. Caen toscos, esquizofrénicos.
Fortíssimo: vidrios rotos. En su trayectoria aérea dibujan una rosa de los vientos. El público exclama. Se encienden los reflectores y rompen los aplausos.
Al ritmo de los brazos, olas de espumosa sangre ascienden y en lo alto se cruzan con pesados jirones de terciopelo negro; caen sobre el tablado donde tu figura, a la par de tu sombra, se desdibuja oscura: fortíssimo forte.
El telón baja puntual y sin asombro,
seguro como un ocaso.
El público llora, grita
y aplaude eufórico,
las luces se encienden;
todos salen.
La puerta se abrió y el umbral desdobló un débil brillo que recortaba la figura de varios guardias que, en cuclillas, intercambiaban cigarrillos y un encendedor, mientras otros, de pie, comentaban con gran solemnidad acerca del ex teniente que tenían preso y torturado. La puerta se volvió a cerrar y los pensamientos se reanudaron dentro del cuartito oscuro, más apacibles.
Aquella vez estabas flaquísimo, ya sabíamos que te acababan de sacar y yo te pensaba ir a visitar uno de esos días, con el pretexto de hablar asuntos de negocios; pero esa noche te encontré saliendo del cine y no hubo pretexto.
El guardia que había entrado garabateó algo sobre una libreta; desde el patio interior del cuartel de Las Esquinas el sol desmayaba sus últimos y pálidos rayos. El ex teniente de la G. N. había sido capturado en los cafetales de la zona, junto a una columna insurrecta cuyo fin era ajusticiar al dictador, y estaba a punto de ser ejecutado.
–Mis hijos…, le costaba decir a la voz que se marchitaba como un eco sin origen. Cuidalos.
Un frasco de tintachina rojamagenta tornasol abresangre río abajo. Una pasta trémula de carne jadeante empuña la hoja de acero bañada de rocío que corta el caudal de la selva oscura, se abre paso veloz tronco abajo: tinieblas tan densas que podían palparse; sangra el tronco: muere padre, nace espíritu: desde las raíces crece una voz de trueno en densa nubenegra de infinitas hormigas: “Hacia la media noche yo atravesaré el país de Egipto”...mastica hijos.
el zelote insomne
En los días y momentos previos a la captura, en Managua se desarrollaba una serie de episodios que fueron decisivos para el total fracaso de la operación.
No hace mucho habían entrado a Nicaragua desde Costa Rica y todo iba saliendo mal; primero, porque el telegrama (en el que avisaban que la fiesta donde planeaban capturar a Somoza se había cancelado) llegó a Costa Rica cuando ellos ya habían salido. Luego, de los 150 hombres que se necesitaban para tomarse la Loma (tal era el segundo plan) solo estaba la mitad, porque en la reunión del día anterior, tras un altercado entre Emiliano Chamorro y Báez Bone, Chamorro decidió retirarse y no poner a los suyos.
El desvelo, las pastillas y la tensión del operativo ya tenían loco a uno de los que permanecía en la capital, y al tercer día, mientras hacía posta, empezó a delirar con que lo perseguían. Se levantó alterado y tomó un vehículo. Una fuerte taquicardia y una obstinada paranoia lo hacían apretar el acelerador hasta el fondo. Al cabo de un rato, un jeep de la guardia lo paró.
–¡No me torturen, por favor!, lloraba con acelerada respiración. Voy a contarles todo, se lo juro, les doy nombres, lugares, ¡todo!
–A ver, ¡bájase!, ordenó uno de los guardias mientras lo jalaba de la camisa.
–Está fundido este desgraciado, dijo el otro entre risas.
–Va de viaje si, respondió el otro.
Llegaron al cuartel, y entre sollozos lo sentaron esposado sobre un banquito de madera.
–Dale perro, contá pues, vociferó uno de los guardias mientras le golpeaba la nuca.
–Si señor, escúcheme si, que le juro que es la verdad, no me hagan nada… es grueso esto, dijo con repentino tono de complicidad. Están metidos un montón de ex guardias y gente de otros lados, balbuceaba entre jadeos. Varios presidentes les están dando plata y armas desde hace rato a los exiliados; entramos desde Costa Rica por el Lago, y de ahí llegamos cerca de Managua por el río Tipitapa, aquí nos ayudaron los del PLI y los Conservadores, y ya varios de adentro de la guardia están sublevados. Pero todo ha fracasado: la fiesta en el club se canceló, hay la mitad de hombres. Manuel Gómez, el que luchó contra Sandino está en esto también, el proponía armar una guerrilla y levantarse desde Las Segovias, pero al final se optó por tender una emboscada para capturar y matar a Somoza, en una curva de la carretera de las Sierras, porque hoy es domingo, y seguramente va a Montelimar, dijo como si pronunciase una sola palabra; ya más calmado agregó, pero los van a matar, ya todo está perdido…
Los guardias lo miraban entre risas y asombro.
–Este jodido esta arriba de los palos, dijo un guardia en tono de burla.
–Debe ser, pero oí todo lo que sabe… mejor avisamos, respondió el otro.
Levantaron el teléfono y se comunicaron con Somoza personalmente.
–Debe ser algún loco, pero tortúrenlo por cualquier cosa, ordenó la voz desde el teléfono.
–Que le demos dice el General.
El trance de las pastillas lo mantuvo despierto y conciente durante todo el suplicio, luego perdió el conocimiento; rato después, se despertó amarrado a una silla metálica, hecho un bulto tembloroso y sangrante, con varias costillas y dientes rotos, una superficie de sangre y carne palpitante cubría el espacio desde donde las uñas fueron arrancadas. Repetía la misma historia, lo que convenció a los guardias y al propio Somoza. Se puso en alerta al ejército y rato después los aviones de la guardia cruzaban el cielo de Managua.
la quinta palabra
¿Tiene sentido esto?, me preguntan Ernesto y Pedro Joaquín. Una postal de un amigo que recién llega a Valhalla, y en lugar de contarme cómo le va, qué tal el clima en Asgard, si ha conocido gente nueva, se acuerdo de esto. Cómo no va a tener sentido. ¿Por qué no descansás, Adolfo? Me mandás notitas comprometedoras, buscando que me joda la guardia.
Ya casi un año desde que habían asesinado a todos los del levantamiento. Algunos de los sobrevivientes estaban en el exilio. Varios de los conspiradores, e incluso gente que nada tenía que ver, estaban presos o asilados.
–Aja… ¿Y de dónde sacaron esa babosada?, preguntó Luis Pallais, disimulando su terror.
–Pues la ouija1 que me diste, respondió Pedro Joaquín. Solo Báez Bone contesta, dijo sin bajar la mano que mostraba el papel en el que se leía:
Luis amigo que me abrazó
delante de mucha gente
y me dio agua antes morir
la cacería
No referiré muchos detalles en cuanto a la captura de la columna, solo diré que todo fue un fracaso, y acabaron bajándose del camioncito en el que iban en diferentes puntos de la carretera. La Guardia venía atrás y empezó la cacería humana. Como dije, no referiré mayores detalles a este baño de sangre, pasajes muy interesantes y de gran utilidad histórica (y a la vez contradictorios con mi versión) se encuentran en el libro de don Chuno Blandón, Entre Sandino y Fonseca. Edición corregida y aumentada, y en el del padre Ernesto Cardenal, Revolución Perdida.
Solo diré que a Báez Bone lo capturaron vivo y fue conducido a los aposentos del propio Somoza para ser torturado. Iban a matarlo, eso ya estaba decidido.
ecce homo
In nominee Patris
Et filii
Et Spiritūs Sancti
_____________ El Nuevo Diario_______Sábado, 4 de abril de 2009
PARRICIDA ESPERÓ A QUE TODOS DURMIERAN PARA COMETER CRÍMEN
Camisa como silenciador para matar a hijo
*Padre cargó en sus brazos a Jacob de Jesús, su hijo de nueve años, para llevarlo de la cama al Sofá, donde le hizo un disparo en la cabeza.
*Luego, volvió a llevar el cadáver a la cama, cubriéndolo con una sábana y lo hizo resucitar al tercer día.
David X. Pasos
Las luces del aeropuerto de Guatemala parpadeaban torpes y sin destinatario. Sobre las arterías de la capital las tropas yankees hacían sonar sus botas, mientras escoltaban al coronel que entraba triunfante tras haber invadido su propia patria; la orgía de sangre y muerte se inauguraba.
–…since you come from Galilee,
then you need not come to me.
You're Herod's race!
You're Herod's case!
Lo pudo haber evitado si hubiese contado con buzones en el momento en el que el pueblo le pidió las armas para defender la democracia y la soberanía de la patria. Hubiese tenido al menos parte de esos buzones si su amigo Báez Bone y su columna hubiese triunfado en Nicaragua y enviado las armas que Somoza tenía en el aeropuerto Las Mercedes, y que, una vez recuperadas, serían destinadas a la lucha del pueblo guatemalteco.
Desde la pequeña habitación del aeropuerto y a través de la ventana, aturdido por los flashes y las cámaras, el presidente derrocado clavó sus ojos valientes en el cieloceánico de alquitrán y estrellas, luego su mirada se distrajo con las alas de cera de la avioneta que lo esperaba: unos días en México; la solicitud de negación a la sangre en Suiza; el aislamiento en París y el acoso de la policía francesa; el asilo brindado por el bloque comunista: Checoslovaquia, dónde lo recibirán con recelo y desconfianza…
–Talk to me Jesus Christ.
You have been brought here
Manacled, beaten by your own people.
Do you have the first idea why you deserve it?
De Praga a Moscú, y de ahí a China. Asilo en Uruguay, y la invitación de Fidel, en 1960, para que viviese la Revolución Cubana.
–Por acá, dijo un militar. Suba los brazos, le ordenó mientras le desabrochaban la faja.
El aeropuerto se infestó de una multitud de cíclopes sanguinarios que estallaba en carcajadas y fortísimos golpes de luz. Se burlaban e insultaban a aquel hombre destrozado, mientras era desnudado ante todos. Las cámaras lo acosaban desde todos los ángulos. En un brusco movimiento, sus pupilas engulleron los rostros de los que ahí se encontraban.
Mientras Jacobo desabrochaba el último botón de su camisa blanca, el arma de un militar soltó un fuerte escupitajo de fuego y plomo con el que la muchedumbre se disolvió.
–Then you’re a king?
–It’s you that say i am! I look for truth
and find that I get damned!
–But what is truth? Is truth a changing law?
We both have truths. Are mine the same as yours?
La muchedumbre regresó incontenible. Lo escupían e insultaban a su familia, a quienes también hicieron desnudar.
Luego de mucho vagar por el mundo, Arbenz será acogido, como huésped de honor en la Habana (porque la Revolución si triunfará). Gran hospitalidad recibirá Jacobo de Fidel, su anfitrión, tanta que este último liberará al hijo de su huésped luego que atropelle y mate a uno de los queridísimos amigos de Castro. Lleno de vergüenza por el homicidio culposo perpetrado por su hijo, abandonará la isla sin que se lo pidan, y se trasladará a Suiza.
Luego descubrirá el amorío de su esposa con un agente cubano, quien le impartirá clases de alemán durante el asilo, y de quien Arbenz será víctima de numerosos chantajes por muchos años; luego, su hija, la actriz Arabella Arbenz, se suicidará como resultado de una discusión con su novio, el torero y actor Jaime Bravo; luego de tantas tragedias regresará a Suiza, donde la soledad y el alcohol serán sus huéspedes permanentes e indeseados. Su Odisea alcanzará el último capítulo cuando Arbenz se instale por un tiempo en México, desde donde mantendrá la esperanza de regresar a su Ítaca, esta vez no victorioso, al lecho donde no lo esperará la mujer que lo ha de traicionar, ni el hijo que lo hiará salir de Cuba, las únicas dos personas que le quedarán en el mundo.
Durante una de sus noches en México, el alboroto de los truenos y la fortísima luz de los rayos lo provocarán una ansiedad inexplicable. Se dispondrá a tomar un baño de agua caliente; cuando el agua empiece a hervir dentro de la bañera, él se desnudará a la vez que la luces de los rayos desnuden el cielo del D.F. Repentinamente verá su cuarto de baño repleto de rostros. La voz de la tormenta se confundirá con los gritos remotos que hoy lo humillan en el aeropuerto de Guatemala, la luz de sus rayos, con los flashes de las cámaras.
–Behold the man, behold your shattered King
–We have no king but Caesar!
–You hippocrites, you hate us more than him
–We have no King but Caesar! Crucify him!
–I see no reason. I find no evil.
this man is harmless, so why does he upset you?
he's just misguided, thinks he's important,
but to keep you vultures happy I shall flog him!
–Crucify him! Crucify him!
Crucify! Crucify! Crucify! Crucify!
Pilate, remember Caesar. You have a duty
to keep the peace, so crucify him!
Remember Caesar. You'll be demoted.
You'll be deported. Crucify him!
La camisa blanca que hoy cuelga en el aeropuerto de Guatemala, colgará de una pared en su apartamento de México. El mismo cuerpo desnudo y derrotado. La misma carne y los mismos ideales, pero ahora amontonados en pestañas de papel viejo en la boca del estómago; el mismo destino, que se demora pero no olvida. Se arrodillará ante el agua casi hirviente de la bañera, desde el fondo agitado verá la figura de algo que parecerá ser su propio rostro, luego comprenderá que se trata del de Castillo Armas, luego de todos sus compañeros en la academia militar, (sobre todo rescataba la figura de Báez Bone), y por último entenderá que se trata de la muchedumbre que hoy lo ataca. Todo se llenará de un blanco amarillento que crecerá en su cuerpo, a la par de un incesante hormigueo. Perderá el equilibrio y de golpe zambullirá la cabeza y la mitad del cuerpo en el agua hirviente. Ahí permanecerá por tres días. El calor le arrancará la vida de a poco, a la vez que el agua caliente ahogue sus pulmones, será una carrera nefasta. El destino sabrá urdir dos de las formas de muerte más insoportables, y hacerlas converger sobre este hombre, de quien un amigo, a manera de epitafio, expresó que “…pasó por el mundo dejando una huella luminosa en el corazón de su pueblo y de los amigos que conocimos a fondo la generosidad y la entereza de su acerado espíritu, no estuvo en su mano eludir el fracaso final ni las desgracias a que parecía estar signado”.
iesous ton barabban
Los Somoza agarraron la camisa que colgaba de la pared, se la pusieron y empezaron a subir la escalera.
Imponentes, los carnosos Somoza padre y Somoza hijo llegaron desde lo alto de la escalera, trayendo consigo un tazón de espuma sobre el cual un espejo y una navaja yacían cruzados. Se pararon ante los dos rebeldes capturados, sobre quienes ya habían dado orden de “no tocar”, pues ellos se encargarían en persona, esto, meses antes del derrocamiento de Arbenz.
Somoza García (victimario) y Báez Bone (víctima) se conocían perfectamente; años antes, antes de los golpes de Estado, Somoza había sido el padrino en la boda de Adolfo y Lilliam, pues Báez Bone era un destacado militar dentro de las filas de la Guardia Nacional que Somoza lideraba. Años después se reveló y vino la Legión del Caribe, Arbenz, Figueres, algunas de las cosas relatadas y finalmente, el 4 de Abril del 54.
Somoza padre recordó la voz del embajador estadounidense que estallaba violentamente hace ya años.
–Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify! Crucify!, ladraba la voz desde el auricular del teléfono.
–But, mister ambassador, what about the people, they don’t see him as a bandit, they think he is a hero… Their fucking Messiah! Fuck, he doesn’t even want to be president… I mean, how could we kill him without the dread of a revolution? What would be the excuse?
–I don’t give a shit, Somoza; I don’t give a shit about you and your bloody excuses!, dijo desesperado. We didn’t pick a coward to lead the Nicaraguan Army, did we? You have to destroy him. He neutralized our invasion army with only thirty fucking hillbillies of this shitty country of yours; you’re in troubles Somoza, you better eliminate that fucker before we eliminate you!, prosiguió con tono más calmado. Is that clear?
Su mente regresó a la habitación del Campo de Marte, y se topo repentinamente con sus propios ojos que lo escrutaban desde el espejo rectangular, lo bajó un poco y escuchó el largo y cínico discurso que pronunciaba su hijo, discurso al cual Báez Bone, atado a una silla, respondía con irreverencias, insultos o retos. Tal fue el curso de las palabras, hasta que Somoza García, que solo había hablado con el detenido cuando recién había llegado, y que permanecía rasurándose silencioso, desde las sombras, hastiado por la necedad de Báez Bone, ordenó que le cortaran la lengua.
–Y ahora, dijo Somoza García acercándosele mucho a la cara y clavando su mirada en los ojos brillantes sin prestar atención a la espesa y oscura sangre que chorreaba de su boca, ¿qué me decís Adolfo?
Báez Bone ni parpadeaba. Solo le regresaba la miraba, mientras algo parecido a una sonrisa ensortijaba sus labios.
¡La camisa! ¡la camisa! ¡la camisa! ¡esa va a ser tu ruina hijoeputa! no te queda mucho ellos bailan alegres y las charolas trazan sus trayectorias circulares entre la gente una abandona su rotación se eclipsa y Bang! Bang! Bang! te fuiste! mirá como me tenés ¡tocá mi sangre! ¡tocala! está fría porque tengo veneno, sabés? ¡Sentilo! ¡sentilo! ¡comemierda! ¡sentilo hijuelagranputa! del Santo Salvador viene tu ruina por el Monte Ribas León un pueta Te fuiste tiste Ni adios dijiste Por el brazo muerto de mi padre que no te librás de mi sangre que te perseguirá ni de mi veneno frío y seco amén! BANG! BANG! BANG! Stick the map motherfucker! Tiquimáu! te va a alcanzar por mucho que tardés en morir no tenés gran variedad de destinos BANG! BANG! BANG!
–Aja Báez Bone, ¿qué me decís ahora?
La sonrisa no se le quitaba del rostro.
–¿De qué se ríe este imbécil, papá?, preguntó el hijo acercándose mucho al condenado. Casi en el acto la expresión de Báez Bone se convirtió en la de un animal sanguinario en plena cacería, y de repente, junto a un grito de dolor, tristeza y gloria soltó un espeso escupitajo de sangre oscura que maculó para siempre la camisa de Padre e hijo. Pasaron los días, y Báez Bone, luego de varias jornadas de intensa tortura, fue llevado cerca de donde los capturaron, lo echaron vivo a una fosa y le prendieron fuego.
Un par de años después, en el Club Social de León, la camisa blanca de Somoza García chorreaba espesa sangre desde varios agujeros en su costado, a la vez que incontables ráfagas de plomo destrozaban el cuerpo del tiranicida, un joven “pueta” leonés que había llegado desde su exilio voluntario en El Salvador solo a matar a Somoza.
La ouija de Pedro Joaquín ya desde hace rato hablaba sobre doña Salvadora vestida de luto, y de muchas desgracias, por eso Somoza se la regresó al papá de Luis Pallais, que se la había regalado originalmente, y así llegó a manos de Pedro Joaquín.
Nada referiré sobre lo que se ha dicho en cuanto a los delirios de Somoza Debayle, concernientes a la camisa de su padre muerto, la sangre de Báez Bone y sangre (inexistente) en su propia camisa.
y mi sangre te perseguirá
Luis, amigo que me abrazaste, recordó Pallais, años después cuando presenciaba cómo Tachito, que desde hace rato estaba ebrio y con quien había recuperado relación, ordenaba una matanza contra estudiantes en León. Luis, amigo, eso es genocidio… La voz en su cabeza todavía se parecía a la de Báez Bone. Miró alrededor. Todo bien. Todo normal, estás muerto.
Somoza hijo, histérico, hacía exageradas muecas al teléfono, luego, lo tiró con fuerza, mientras balanceaba un trago de whiskey en su otra mano.
–¿Quién me va a joder a mí? ¿Ah?, gritó, mientras lanzaba una mirada extraviada a todos los invitados de la fiesta. ¿Quién? ¡Somoza For Ever! OK?
A Luis Pallais lo invadió una profunda e íntima vergüenza, tan profunda que era imperceptible. Un mareo lo distrajo, movió su cabeza por el cuarto sin ver nada. Cuando le regresó la vista, notó que Tachito hacía un gran escándalo porque había derramado un trago sobre su camisa mientras, entre llantos, ordenaba a todos los invitados que lo asistieran, soltando una o dos maldiciones, totalmente incomprensibles, contra Báez Bone.
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"un embutido de ángel y bestia"