25 jul 2009

Evocación

Evocación

Por aquí pasó un soldado —dijo la voz que, bordeando el denso concreto, se colaba débilmente por las infinitesimales hendiduras que tejían la gruesa puerta— todo sucio y derrotado, que no alcanzó el ocaso.


Ni dios, ni torre, ni hogar —escuchó.

Ni dios ni torre ni hogar —repitió casi susurrando y como si estuviese de acuerdo, y prosiguió:

Cruces si llevaba, pero también llevaba huesos, y en su mandíbula la sangre que todavía eclipsa los faros y los rostros serenos de la meseta...

Huesos y sangre y botones... ¿Llevaba? —volvió a escuchar.

...sombríos, lejanos —concluía

De todas formas, en las noches de frío y luna, su crudo silencio penetra en la sala, en el ocaso de la madrugada, por sus declives, herido: remachasueños: con mazo y uñas y soplo de demiurgo se yergue en ancha: respira y remacha y labra... Y es que esta casa llena de fantasmas lo ampara. Pero no se atreve a hurgar más allá del espejo. Calla, y es suficiente.

Mecánica—e inútil—mente busco refugio, pero ya sus dedos, rígidos de veneno, revientan mis poros, y lamen como agudas lenguas de murciélago; y no soy más que su torpe marioneta: un eco arrastrado por hilos al centro de mi patio…

...y tu prenda ¿Cuál era?

Desde ahí la casa apenas se define gris y borroneada: pálida luz que se bate en las entrañas del humo denso…

En la médula de la noche lo busco. Armado de bolsas y marcos, atento a cada aleteo, emprendo la persecución.

Desollado el letargo piso grama húmeda y destruyo a mordiscos el espejo con que se escudaba. Es entonces un embrollo de sangre y carne que palpita bajo mis pies, donde sea que pise, sangre y carne que se arrastra desnuda y quejumbrosa, que me acecha…

Rompí su mito,

soy las ruinas

que edificó

y parece que

tiene miedo;


mas no temía

a la pasión

ni al déspota,


y rodó río

abajo: cada

piedra que hirió

su frente fue

una muerte.


Él ya me esperaba al centro del frijolar, cubierto por la mortecina fosforescencia de la luna, que con su peligro transmuta sus llagas y reconstituye su piel. Yo, me apresuraba a su abrazo, a su encuentro…

Claro, conocía el mito, pero entonces quería saber quién era.

Me había jugado la cordura en mil muertes para ver sus ojos. Entonces, cuando al fin sentía su aliento y sus vapores de muerto corroer mi rostro, levanté la mirada, y justo allá —dijo, mientras un movimiento de su brazo, amplio y oscilante, señalaba una honda área de cielo, destrozada entre los cedazos—, todo se desmoronó, se precipitó contra cada palmo de este territorio, y qué se yo; es semilla y es leyenda, y es el más extinto de los fantasmas.

La noche era diluida por una luz blanda y amarillenta que se rompía en anchos haces sobre el perfil de los cerros morados. El frío no dejaba de colarse por las ventanas y los trozos de cedazo volaban por la habitación.

¿Querés saber dónde te enterraron? —dijo sin levantarse del piso, pero dirigiendo su mirada a la figura que, de pie desde el umbral, lo escuchaba en grave silencio— Te sepultaron vivo y ardiente en mis sueños y en mis noches; te enterraron en el armario y en mis pupilas, en mis venas y en mi nombre, en este almacén de cadáveres que se bate en la boca del estómago, allí estás enterrado. Ahí, donde ya no quiero buscarte, donde veo tus ojos, y al fondo de sus cuencas arden trozos de vidrios y espejos, y te desmoronás en un torbellino de humo y polvo, y no sos más que eso: huesos y polvo. Una calavera con grillete que me sumerge a mi abismo, a la boca de mi estómago, donde al fin te encuentro arrodillado y cargás en tus brazos a un niño muerto...

Los dos ojos lo escudriñaron brutalmente.

y… y, tengo frío… —murmuró con una voz casi inaudible que se apagaba a la vez que la expresión de su rostro se retorcía y se hundía entre sus brazos, que temblaban débilmente sobre sus rodillas. Sus rodillas, que antes sacudían y estiraban enérgicamente.

Se acostó sobre el piso helado, de frente a la pared. Desde el patio trasero una fugaz sombra, la de un murciélago, hirió la luz densa y uniforme que empezaba dorar las paredes grises.

19 jun 2009

La sombra del dios

“Y así, con feliz gesto asistirá su alma,

cada nueve noches, al majestuoso banquete;

engullirá la pútrida efervescencia de aquella carne,

de aquél hermano, de aquella muerte…”

Germán Lorenzo Vázquez

Santos de Sevilla, Capítulo IV


–Crías con sangriento apetito y llenos de mortales caprichos son los dioses, dijo gravemente el viejo ciego que se había identificado como Chilam de Kaminaljuyú, y prosiguió: Demandan sangre y entrañas y latir de hombre, nunca de dioses. Esa carne de dios en carne humana, destrozada por el jaguar noctangular; por tu vida sangre sagrada, la de un k´uh, diluida entre encías rosaeléctricas, derrumbado él por el fosforescente Chak Balam. Cosa, por lo demás, digna de meditar.

El viejo Chilam levantó entonces un silencio tan pesado que hacía ceder la débil concavidad por la que la noche fluía. El otro, antes agresivo y decidido a dar muerte al intruso, ahora lo observaba en solemne silencio y en cuclillas, sobre una piedra del pantano.

El viejo alzó lentamente sus ojos muertos al cielo estrellado, como devorando el pálido brillo de la noche, y era como si las cuencas profundas se revistiesen de la plata del flujo estelar, la noche ardiera en sus ojos como brasas  ahogadas entre densas cenizas.

–Justo ahí, dijo el viejo mientras apuntaba sietes veces con sus largas uñas retorcidas al cenit hendido donde siete estrellas alternaban sus resplandores. Justo ahí ha nacido el universo, y nace sin cesar, en infinitos espacios de tiempo, dentro de sus angostos límites. Inagotable, por tanto, nuestro universo no será, o al menos no nosotros para existir de él, la aniquilación, pues, es inminente.

Las siete estrellas se prendían con indecisa luz y vibraban como un viejo cascabel en el cuenco del último cielo, al final de una larga y brillante serpiente de huesos que cruzaba el cosmos invernal y se retorcía, llena de curioso asombro, ante los dedos que las señalaban.  

–Cincuenta y dos Haabs tres veces rodaron[1] para llegar al Nahui-Atl, y bajo el entretejido ahuehuete todos los hombres fueron peces, cuando el mundo se hizo agua. Otros cincuenta y dos Haabs tres veces repetidos y fue Nahui-Ocelotl: el lomo del jaguar prendido a los hombres enormes, devorados por la máscara animal de obsidiana y fuego que oscurecía el rostro de Tezcatlipoca.  Una vez más, el tiempo giró lento y fueron esta vez siete veces los cincuenta y dos Haabs para que Nahui-Ehécatl, el gran viento, arrasara todo y los hombres se hicieron monos y vivieron en las ramas. Seis veces cincuenta y dos Haabs más y los anchos ojos de Tláloc se rajaron sobre el mundo y Nahui-Quiahuitl lluvia de fuego fue, y con sonido de trueno sus largos dientes eléctricos se clavaban por todo la tierra madura, y los hombres-niños fueron pájaros.

La voz del viejo, mientras narraba aquello, era como un haz de brillo lunar que revelaba a retazos la oscilante trayectoria de un ensortijado cordón de humo que ascendía desde lo remoto, era pues, esa voz, como luz  cenicienta y pálida que hería la densa oscuridad de aquella selva.

–Los Tzitzimimes[2], que ahora flotan en la luz escasa y efímera, prosiguió su voz, clavados de pies y manos sobre los cruces de caminos acechan, esperan el temblor grande y profundo que los sacudirá hasta la tierra y será Nahui-Ollin, y así lo consumirá todo el terrible alarido de Itzapapálotl, comandando legiones que viven en el Oeste pero llegan por el Este. Cada cincuenta y dos Haabs es por tanto que velamos la trayectoria de los cielos, que aguardamos en silencio el momento  en que Tzab-Ek[3], paridora cósmica, se entronará en el centro del cielo y esa era la señal que postergaría por cincuenta y dos Haabs más la aniquilación y el Fuego Nuevo sería prendido y Yax Balam incendiará los cielos. Treinta Haabs hace que el Fuego que hoy rige se erizó sobre el templo de Huizachtecatl, durante una noche devorada por oscuridad, pues mandaba también la tradición a apagar por la tarde todos los fuegos viejos de las casas y templos, y quemar en ellos todas las armas y herramientas, para que él Fuego Nuevo fuese renovación total. Iniciaba pues la fiesta, y el hambre de los viajeros era saciada con el banquete, y la sed de los dioses con la sangre del más valiente guerrero de las tribus. Las danzas se bañaban del fuego que nacía; se prendían las plumas y las conchas, los dientes y las pieles, los huesos y los tambores bajo el Fuego Nuevo que casi devoraba la Pirámide. Las profecías eran leídas y aquél día en particular, la que bien conocida por tu memoria debería ser, fue revelada.

El otro lo seguía escuchando con aturdido asombro. Como redescubriendo palabras familiares que se habían apagado en la oscuridad de la memoria, arrancadas por zarpazos de jaguar y devoradas por la enmarañada selva. La del último Fuego Nuevo era una historia que había corrido por la aldea desde que él era un niño; claro que la conocía. Y la conocía a la perfección, pues se refería a su hermano mayor y la profecía que lo eligió como carne en la que nacería la anticipada unión de Ek Chuah, Escorpión Negro de la Guerra, y Xaman Ek, estrella del Norte.

–Leímos los códices sagrados y procedimos, como el rito requería, a formar un amplio círculo con las mujeres de primer embarazo que entre la multitud se encontraban. Se esparció por la tierra el cacao en ofrenda y ardieron las hierbas sobre la cabeza de la imagen de barro esencial de Wuqub` Kaqix, bajo la cual el escorpión negro y punzante rascaba infernalmente la tierra. Cuando el humo hubo cesado su danza hipnótica, se destrozó la figura del viejo dios, y de sus escombros salió como una sombra fugaz que hería la tierra el escorpión negro hasta posarse sobre el vientre hinchado de la madre de él, luego la madre tuya. Ensortijaba su caparazón sólido a medida que la cola inyectaba el veneno. Fue, pues, llevada esta mujer ante los Chilames y Sacerdotes, alimentada con caldo de viseras, hasta que nació de sus carnes aquel dios espléndido y majestuoso. Naciste cuatro años después, y creciste junto a él, fue tu privilegio ser su hermano, como su sombra ibas creciendo, o esencia sombría transpirabas entonces. Lo que de él ha quedado en el mundo nuestro confluye en tu sangre, en los ríos de tu carne, en los remolinos de tu universo interior. A pesar de que lo viste arrancado por las garras del nebuloso Jaguar, perforada por largos dardos sus carnes: el búho canta, el hombre muere.

Ahora no solo escuchaba, si no que respondía a cada palabra con un estremecimiento o temblor que le crecía desde lo profundo. Cuanto cambiaba su destino ahora, sentado siempre junto al pantano que lo ha acogido desde el exterminio de su aldea, unos quince años antes, reviviendo aquellos miedos. Sentado junto al pantano, hacía dos cosas que desde años le eran ajenas: recordaba y revivía sus recuerdos. Bajo la ancha copa del Chilamate, entre la cual las estrellas parecían colgar como pequeños frutos luminosos, revivió aquellas pasiones que se perdían en el espacio y en el tiempo; recorrió con la mirada la entrada de la caverna, recordó su gran cúpula oscura en la que se retorcían raíces milenarias y se erizaban agudas estalactitas calizas, que flotaban o apenas acariciaban la amplia superficie de agua quieta que se extendía bajo la cúpula: el tz’ono’ot[4] sagrado, cavidad del inframundo, vientre de putridez. Pensaba en su idea reciente de, una vez que el cosmos así lo configurase, aventurarse a lo profundo, al inframundo y ahí reunirse con su hermano, quien allá se manifestaría en toda su gloria, dios inmortal liderando legiones, y conquistarían juntos La Ciudad donde los Hombres se vuelven Dioses. Comandarían al temible Búho con Lanzadardos que serpenteaba su vuelo mortal por la selva.

Sea como fuese, era su destino, y aquel Chilam, anciano y ciego, no podría ser otra cosa que un vehículo para alcanzarlo. Su hermano era un dios, y por lo tanto no había muerto, más bien brillaba en extraña oscuridad en alguno de los túneles infinitos que forman el inframundo. Su hermano mayor había alcanzado la luz y la fuerza que a cualquier otro mortal se le hubiese privado: era conocedor total de las profecías y había agotado todas las posibles lecturas de las escrituras sagradas; conocedor natural de los amplios atributos y comportamientos de las hierbas y las materias terrenas; de los movimientos de la tierra y las aguas y la conducta de los cielos; del esencial lenguaje en la piel del jaguar aprendió, como ningún hombre antes, el universo, o lo que es igual, las tres formas simples que componen el universo total. Maestro, desde muy joven,  y señor máximo de la guerra y de la caza: él y una selva oscura valían entonces por un ejército de mil hombres. Conocedor de todas las lenguas y artillerías de guerra.

El Chilam lo convenció, o apenas tuvo que convencerlo, para ser iniciado en las artes sagradas que una vez dominó su hermano. Él, que durante toda su vida había cazado junto a su hermano mayor en la selva oscura e igualmente se había reprochado durante toda su juventud no haber nacido cuatro años antes y ser el dios que su hermano era, no pudo hacer más que recibir las instrucciones con la mejor y más firme disposición. Pasaron los meses o acaso años, y el Chilam no se movió de donde estaba. Sentado sobre sus rodillas dictaba largas sentencias, lecciones, instrucciones, plegarias o fórmulas mágicas, o dormía, otras veces, como lo hace un muerto. El otro escuchaba y obedecía. La selva, o su exilio en la selva luego de la conquista de su aldea lo hizo un hombre duro. Se dedicó, en esos quince años de exilio, a cazar bestias y tropas teotihuacanas, a quienes capturaba de a diez, de a veinte, y cuyos corazones untaba sobre las raíces del Chilamate, o ensartaba en las ramas de los árboles.

Pasó pues el tiempo, y una mañana llena de niebla el Chilam apareció muerto, tendido boca abajo sobre el barro del pantano. Al aprendiz, ya bien encaminado, no pareció importarle la muerte de su maestro, y continuó en los secretos en que había sido iniciado. Agotó los códices esenciales que el viejo había traído consigo. Estudiaba la arquitectura etérea del Universo, las castas y estirpes de los dioses, los secretos de las hierbas y los trances; repasaba los caminos que su hermano alguna vez abrió y era entonces una sombra que se volvía materia oscura y viscosa. Un denso espectro de vapor alzándose desde la sangre hirviente de su hermano.

Una de esas noches, cualquier noche, mientras dormía y soñaba, el tiempo confluyó sobre su alma como un delta de oscuras y revueltas arenas. Recordó Kaminaljuyú, su aldea, en su esplendor. Las grandes placas de Obsidiana arrancadas de las tierras bajas; las inmensas moles de piedra que abrían caminos entre la selva, por donde se transportaban las artesanías de Jade y Obsidiana, caminos por los que el imperio, la oscura y esplendorosa Teotihuacán, se abastecía y liberaba su terribles tropas. Recordó a su familia, privilegiada siempre por la situación divina del hermano, a quien cada tres noches se ofrecían sacrificios y ofrendas. Ellos dos, desde niños cazando y jugando en la selva, en los arroyos y senderos, siempre a la sombra de su inmenso hermano. Recordó, también entre sueños, las fiestas que aquél presidía, el sanguinario ejército que lideraba, los corazones que arrancaba, las vidas que perdonaba. Revivía sus majestuosos tocados de pieles, conchas y obsidiana, la cabeza de un Jaguar que a la vez era Escorpión y Zopilote; los petos de Jade y colmillos y plumas. La última cacería: él casi era un hombre, su hermano un completo dios; se internaron en la selva en una madrugada sin luna, se arrastraron tras el rastro de una  manada de venados. El hermano mayor percibió una especie de canto mortal que se estremecía desde el otro lado del río, cerca de la aldea. De a poco, la luz de varias antorchas fueron destrozando la quieta oscuridad con movimientos circulares. Se escuchó el grito de varios en la aldea, vieron los veloces dardos clavar su veneno en la carne de muchos. El famoso ejército Teotihuacano, el Búho con Lanzadardos, había llegado aquella noche para matar y capturar a hombres y mujeres y niños en sus lechos. Solo él y su hermano se encontraban, aquella noche, fuera de la aldea. Entre la selva agitada por los gritos de las aves y el rumor de las bestias alarmadas por los invasores,  los dos hermanos presenciaban como en un abrir y cerrar de ojos los teotihuacanos devastaban Kaminaljuyú.

El hermano mayor le ordenó que se quedara allí, diciendo, y esto lo recordaba perfectamente, que él debía salvar la aldea y que no lo obligase a salvar también a su hermano menor, y se apresuró entre la selva. Caminó menos de treinta metros hasta que una figura nebulosa, la de un jaguar, emergió de entre la selva y le cortó bruscamente el paso. No tuvo tiempo de reaccionar. En un solo movimiento densas encías, de ojos verdes, de imponente imagen, la uñas negras se clavaron en el pecho y dibujaron una profunda herida diagonal que le alcanzó la parte izquierda de la cara. El ejército, de cuyas filas parecía formar parte aquel Jaguar salvaje, rodeó al hermano mayor que forcejeaba en el suelo con el colosal felino.

Entre sueños revivió también el menor de los dos hermanos el bochorno de su huída. Los gritos valientes de su hermano que se alzaban sobre los de el ejército enemigo. El fatal destino de su pueblo y la pesada impotencia que lo corroía.

En mitad de su sueño lo despertó un rumor que percibió idéntico a los cantos de guerra que aquella vez arrasaron su aldea. Trató de moverse pero algo ajeno a él, algo parecido a un pinchazo, lo mantuvo en el suelo y lo mandó de regreso a sus sueños. Logró abrir los ojos una vez más, y ahora se encontró con innumerables cuerpos que lo rodeaban, sintió otros tres pinchazos tranquilizantes en su cuerpo y cerró los ojos ante los dos dardos que se acababan de clavar en su pecho y estómago.

Entre alucinaciones divinas y escenas de su pasado un largo y denso sueño se fue tejiendo dentro de él, hasta que sintió que sobrevolaba, lejos de aquellas imágenes pasadas o poderosas, una enorme ciudad. Una ciudad divina y eterna y definitivamente vedada a todos los hombres. Dispuesta según las secretas vértebra del cosmos, atravesada de sur a norte por una larga avenida a cuyos lados se extendía un tumultuoso mercado, lleno de ruido y seres que se parecían a los hombres. Luego atravesó una hermosa y grande ciudadela, tejida por miles de viviendas y en el centro de ella un majestuoso templo hecho de infinitas serpientes que se convertían en plataformas de cultos y sacrificios. Estos edificios, pues, flanqueaban la larga calzada por la que los muertos desfilaban en colorida y ruidosa procesión, procesión en la que él sentía que estaba en el centro pero a la vez en todas partes. Recobró el conocimiento por un segundo y se sintió una gruesa cuerda que le envolvía todo el cuerpo. Se vio conducido entre infinitos rostros, entre infinitos muertos que marchaban al Norte, al Sol, a la Luna… Volvió a su sueño y comprendió, con esa extraña química de los sueños, que estaba siendo, por fin, conducido al inframundo, que aquella procesión celebraba llegada y que lo esperaba su hermano al final de aquella larga calzada, y aquello era invariable. Atravesó un río sin que sus aguas lo tocaran, los templos aparecían inagotables y únicamente pudieron ser ideados por una inteligencia cósmica. Al final del largo camino llegó al extremo Norte de aquellas magníficas construcciones de dioses, donde la ciudad se levantaba poderosamente en dos pirámides tan colosales como el Sol y la Luna, que dilataban la tierra hasta las fauces del cielo. Comprendió, entonces, que se trataba de la Ciudad donde los Hombres se vuelven Dioses. Sintió su carne vibrar con el terror que solo la solitaria presa de un Jaguar podría sentir. Comprendió que sería alimento para los dioses, y nada más… Era, a estas alturas, un destino, una vez más, invariable.

Poco o nada podría hacer en su condición, atado, a los pies de la enorme pirámide, rodeado de fuegos y ofrendas y hombres que exigen su sangre, para incidir en aquél destino. Cerró los ojos con arrolladora tranquilidad y, una vez desatado, se postró ante la enorme pirámide y empezó a recitar uno de los códices. Así, sin cesar por un instante las líneas que recitaba, fue conducido solemnemente por las largas escalinatas, hasta la cima de la pirámide, donde un viento tranquilo arrastraba las últimas y débiles luces del ocaso. No abrió los ojos hasta que fue puesto sobre una amplia piedra, tibia y resbalosa. Contempló el ancho cielo púrpura, igual que cualquier otro cielo, desmesuradamente profundo, en el que se deshacía la mirada. Percibió, sin voltear a ver, varias sombras que se movían con siniestro y sagrado ademán en torno a él. Los suntuosos tocados de Jade y huesos y plumas y conchas y las largas pieles inundaron su visión. En el centro, la cabeza disecada de un Jaguar coronaba la cabeza de un sacerdote quien, con un rápido movimiento, se agachó hasta tocar el piso y posar los colmillos del Jaguar ante los ojos de la víctima, para luego, con idéntica rapidez, alzar el denso cuchillo de Obsidiana al cielo crepuscular, rozando la primera estrella que ahí aparecía. Mientras los fuertes brazos sostenían el cuchillo en lo alto fue que el condenado clavó los ojos en la imagen de su verdugo.

No con poco terror, su mirada atravesó el pecho fuerte y abierto, siguiendo el curso de la larga y vieja cicatriz diagonal que lo atravesaba y alcanzaba parte de la cara. Comprendió, con extraño sentimiento, que su hermano había sobrevivido, que seguramente fue llevado a aquella magnífica ciudad y supo, sin duda, deslumbrar a los más sabios con su vasto conocimiento y gran habilidad. Escaló por aquella ciudad en la que los hombres se hacen dioses, olvidó su pueblo y su pasado, y ahora reinaba o dirigía en aquel otro pueblo.

Un grito, que prefiguró como una vieja adivinanza que el hermano mayor le contaba a cada momento y que se configuraba en lo hondo de su garganta, se vio desvanecido por un ruido gutural y profundo que cesó cuando el cuchillo había abierto completamente el pecho.

El corazón fue arrojado junto a la pira, todavía palpitante. El cuerpo decapitado rodó lentamente hasta la mitad de las escalinatas. La cabeza cayó, poco después, sobre el polvo, al pie de la pirámide, con el reflejo de las siete Pléyades, posadas en el cenit, deshaciéndose acuoso sobre los ojos bien abiertos.

 



[1] 365 días, repartidos en 18 meses de 20 días, más cinco días adicionales llamados Uayeb, formaban el calendario Haab; este, combinada su marcha con el Tzolkín, formado por veinte trecenas o trece veintenas de días y que resultan en 260 días, marcan un ciclo organizado y convergente que inicia cada 52 años o Haabs.

 

[2] Los Tzitzimimes eran demoníacas estrellas guerreras con terrible apariencia de esqueleto que a cada momento intentaban destruir el mundo y a los hombres. Durante los ocasos y los amaneceres lograban vagar inadvertidas por las tierras y caminos, y cuando había un eclipse sus alaridos cundían el mundo.  

 

[3] Nombre con el que los Mayas se referían a la Pléyades y que significa cola de serpiente de cascabel. Era el lugar donde pensaban que se había formado el Universo.

[4] Palabra maya de la que, se supone, proviene el término Cenote.

5 abr 2009

Segunda Parte y Final de la Ficción "Con Sangre y Hermanos"

-Pulse **AQUÍ** para leer la primera parte de este relato-

Segunda entrega:



“El largo camino al triunfo y los fuegos que avivan la lucha”

29 de septiembre de 1978

Mañana

–Esos compañeros que caen son llamas que se van encendiendo en lo denso del bosque negro que la dictadura cierne sobre la patria, chamuyaba Reinaldo, como queriendo ensayar una suerte de rapto místico que escuchó de algún compa. Cada muerto es un fuego que aviva la lucha.

–Pero quiere huevo estar enterrando a los bróderes…, replicó otro que estaba ahí.

–Pues la lucha es dura; ahora el muerto fue él, pero podrías ser vos, o yo, el día de mañana; porque todos arriesgamos la sangre para regar el largo camino que nos llevará al triunfo. Mirá, no podemos ahuevarnos porque nos joden; ahorita concentrémonos en lo que estábamos, dijo Reinaldo, ya con otro tono. Además, ve…

Mientras Chema se acercaba, Reinaldo lo señalaba con un leve movimiento de cabeza.

–Puta, bróder..., replicaba el otro, mientras doblaba la visera de la gorra verde olivo y negaba con la cabeza.

–Bueno, ya avisaron que vienen desde anoche por vereda, no deben tardar en caer… ¡Chemita! ¿Cómo vamos, hermanito?, le decía Reinaldo, mientras le echaba un brazo al hombro.

Y la sangre le hervía

29 de septiembre de 1978

Madrugada y mañana

Anoche le cayeron por todos lados. Mientras unos se bajaban del jeep con las luces apagadas, otros se escondían bajo las gradas de una casa, y otros tres guardias subían por un poste de luz, en la esquina opuesta a la que Chentón se dirigía. Le montaron la redada y para cuando lo tenían acorralado sobre el techo de la Casa del Obrero, cerca del Parque Central, a eso de las tres y media de la mañana, ya había salido mucha gente a las puertas de su casa a asomarse.

Eran como quince guardias, armados todos, rodeándolo. Ordenaban a las personas regresar a sus casas y metían a culatazos a algunos. “¡Qué barbaridad!”, gritaba una señora, “¡Lo van a matar! ¡Si es de la edad de mi hijo!”, alegaba otra.

–Eso sí, era un santo el bróder aguantando el martirio; dicen que antes de matarlo le acribillaron los brazos y las piernas, de a poco, hasta que el plomo convirtió la carne en una masa viscosa y temblante.

La mirada de Reinaldo, mientras pronunciaba esas palabras, se extraviaba; quizá porque percibía la esencia misma de su destino, o porque a todos (desde los que acompañamos a los muchachos de largo y seguimos con gran respeto y admiración su lucha, hasta los que están más inmersos en ella) nos aterra pensar que algo si nos podría pasar, y pronto.

Mientras lo rodeaban, Chentón, que parecía que nunca le hubiese tenido miedo a nada, simplemente no reaccionaba. Se había, y lo habían, preparado para esto.

En un pueblo de menos de mil quinientos** habitantes, en el que la G.N. tenía sus cuarteles y comandos precisamente para prevenir levantamientos, optar por una insurrección solitaria siempre era un peligro.

Mientras Reinaldo relataba aquello, su tono iba bajando; era como si la sangre de su compañero, que había estado hasta entonces en la retórica revolucionara, bañando los largos caminos que conducirían al triunfo y siendo combustible para la lucha, hirviera ante él. Como si esa sangre se materializase, se volviera real o, lo más extraño, como si antes no lo hubiese sido. Retomando su rapto místico, agregó:

–No soltó un ni un grito… solamente el ¡PATRIA LIBRE!

Chentón, que era un diablo corriendo por los techos, dobló sus rodillas aquella noche sobre las tejas de la Casa del Obrero. Me imagino (y pude luego confirmar a través de testigos) que se trataba de una escena impactante: toda la manzana rodeada por guardias, un comando de ocho ya andaba sobre el techo; Chentón sólo veía a tres.

Primero fue la resistencia. Le rompió la nariz de un puñetazo a uno de los milicos, e inmediatamente, medio a gatas y medio arrastrado, trató de huir. No más de cinco metros después lo cercaron. Se puso en pie y fue como si la vida, al menos por ese instante, le hubiese regresado de golpe. Fuera del trance combativo, fuera de las historias que ya empezaban correr acerca de él, en las que el protagonista bien podría ser el propio Aquiles; sin una casa de seguridad, un escondite o una quebrada a la vista; sólo quedaba el muchacho de 17 años, con el rostro imberbe y tembloroso bajo la capucha negra. Un pibe al que le gustaba jugar béisbol y perderse en su bicicleta por aquellos caminos hasta que, gracias al azar, llegaba a un cruce desconocido del río.

Chema estaba petrificado, no lo creía. La sentencia “a tu hermano lo mataron” tenía, en ese momento, el mismo peso que la de “buenos días” o “el partido quedó cuatro a tres”.

Mientras interrogaba las caras huidizas de los otros compañeros, la muerte de Chentón fue ciñéndose sobre Chema, que tenía 14 años y quería ser como su hermano.

–¿Qu… qué? ¿Co… cómo? ¿Dónde? –la sangre le hervía. La reacción era más un odio sin destinatario, que la desgarradora tristeza que no tardaría en inundarlo.

Los pensamientos pasaban o demasiado rápido o demasiado lento, no estaba seguro, pero sí muy vehementes. El muchacho de 17 años estaba solo, tembloroso y de pie sobre el techo de tejas, cubierto por un manto de sudor que lo lamía y le provocaba sensaciones lejanas: la caricia de su mamá cuando caía enfermo; el mordisco que le pegaba a un marañón bien maduro, mientras sentado sobre el muro del cementerio buscaba pájaros para cazar, recuerdo que, inexplicablemente, lo acompañó hasta ese último momento.

Un chavalo de 17 años que, más allá de unas vagas nociones acerca de una libertad difusa –que, como dios, era hecha a la justa medida de cada quien, no sabía por qué, pero sí contra qué luchaba. Sí sabía que ahora, solo y rodeado por los guardias, parado sobre el techo de teja, con la luna poniente a su espalda, no podía esperar una gran variedad de destinos.

Mientras Chema oía todo aquello, pensaba en su mamá, en que no iba a aguantar la noticia, en que no quería ser él quien se la diera, pero no había otro. Era eso o esperar, si es que no había pasado ya, que algún vecino, o la propia guardia, le fuese a pedir que reconociera el cuerpo. En todo caso el tacto no vale de nada a la hora de dar estas noticias. Tanto vale decir “tu hijo se murió” como “se reunió con el señor”, o “su sangre riega el camino que nos llevará al triunfo”. El hecho es que estaba muerto y el mundo, y nosotros, que ya no ocupamos un lugar en su persona, lo queríamos de regreso, y nada más. ¿Qué sería el triunfo?, se le cruzó también por la cabeza. Todos los pensamientos oscilaban y se batían a duelo, pero siempre con la imagen del hermano, de ellos cazando pájaros con la tiradora sobre el muro que ahora lo acogía bajo su sombra.

No me fueron revelados mayores detalles sobre el momento en que los “compas” llegaron a reunirse con los muchachos. Sí sé que fue en ese mismo lugar, atrás del cementerio y en las quebradas del basurero, que se pusieron de acuerdo.

También sé que inmediatamente estallaron los primeros combates en el pueblo, y que varios de los muchachos, como Reinaldo, cayeron esa misma tarde con la pañoleta rojinegra cubriéndoles la cara. Cuando triunfe la revolución (probablemente mi ya avanzada edad no me permita ser testigo de aquello), seguramente se hablará de ellos cómo forjadores de la libertad; posiblemente sobre el campo de béisbol del barrio, que ellos mismos rozaron y rayaron con cal, se levante un estadio con sus nombres.

Supe que Chema se identificó como hermano de Chentón y se sumó (empujado por un muy sincero odio que lo cegaba y por la fijación de cobrarse esa muerte), desde ese día, a la lucha. Cuando los compas supieron de la muerte de su mejor colaborador en el pueblo, y uno de los combatientes más temidos de la zona, no pudieron rechazar la colaboración de su hermano.

Chema se entregó a la lucha. La última vez que lo vimos fue en el entierro de Chente, que se hizo unas dos semanas después, cuando la familia recuperó los restos; caminaba a los tumbos entre las cruces, luego como que desapareció, porque ya la guardia lo andaba buscando. Me enteré que Chema iba enrumbado hacia un operativo en los cafetales y lo alcancé mientras giraba tras un mausoleo.

–Chema… vení mañana que yo te banco, pibe, le dije, incapaz de disimular un quiebre en la voz.

Chema se detuvo, me miró de frente, me pegó un empujón en el pecho, para después apretarse contra mí y por un segundo ahogar un alarido que sentí vibrar en la médula del alma. Se limpió la cara (tan violentamente, que parecía querer borrarla) con la parte baja de la camiseta. Su mirada era como la de alguien que ya había vivido demasiado. Llevaba dos semanas con los compas y la expresión era la de un llano trance, como de un entumecimiento del alma. Chema y Chente, de 14 y 17 años respectivamente, eran personas ejemplares; hasta hace algún tiempo, los dos iban a clases por las mañanas y por las tardes inventaban cualquier cosa para llevarle plata y comida a su mamá. Cortaban las naranjas del palito que se encontraron por el cementerio y cuidaron por varios meses y, cuando había cosecha, salían en sus bicicletas con un cuchillo a venderlas, partidas por la mitad o peladas, con una tapita en el tope o en gajos. En el barrio todos los querían porque siempre ayudaban a todo mundo con sus quehaceres y mandados. Eran unos niños, a los que no me atrevo a llamar niños.

Chema lanzó una mirada repleta de odio. Le pregunté si lo podía ver para invitarlo a comer. Aceptó, con la condición de que le llevara la chaqueta que su hermano había dejado en la casa, y me prohibió terminantemente mencionar el lugar donde nos vimos.

Se la habían regalado los compas

12 de octubre de 1978

Anochecer

Era una chaqueta militar, de tela verde olivo; se la habían regalado los compas. La tenía metida en una bolsa negra en medio de un cerrito de abono, en una esquina del patio. La chaqueta tenía la sigla FSLN escrita con marcador sobre el bolsillo derecho, y una gruesa franja de tela rojinegra, sostenida con un nudo y gasillas a la manga izquierda. Era de buena calidad, aguantadora.

La noche anterior, mientras mis anfitriones dormían, fui y la tomé; no pensaba que hiciera mal porque quién podría ser más merecedor de aquella reliquia que Chema.

Me dijo que no podía hablar mucho. Aquel Chema que me llevó, hace ya un par de años, a conocer la salida al mar por los caminos del río; aquel chavalo que silbaba alegre, trepando rocas y bajando quebradas, no parecía el hombre sombrío y misterioso que tenía en frente.

Me habló del triunfo, que estaba lejos, que sólo la lucha insurrecta del pueblo acercaría aquel triunfo. Estaba más flaco, abatido, como dejado ir. Mencionó cosas sobre un operativo al que se estaba sumando, que iban por cafetales y potreros, que necesitaban mover unas armas y servir de refuerzos a los compañeros que luchaban en el pueblo hacia donde se dirigía aquella columna, y que nunca se supo cuál era. Me hablaba de todo aquello, mientras los quiebres de su voz iluminaban fugaces trozos de sí mismo. No me preguntó por su mamá, no tenía el valor; notó que me disponía a hablarle de ella, me arrancó la chaqueta bruscamente y dijo algo que no pude entender. Cuando se iba a marchar lo llamé para darle alguna plata. Tras tomarla, se largó. Creo que todos estábamos conmocionados por la muerte de Chente. No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos, (…)[1]

II

Madre ponme en la chaqueta las medallas

Los zapatos ya no me los puedo poner

La casa desaparecida

Fito Páez

Nota preliminar a la última hoja del relato de Ernesto Castellano

Debo a una extraordinaria suerte de azar, y a un vendedor de libros usados, el increíble hallazgo de las últimas dos hojas del relato de, ahora sé, Ernesto Castellano Ojeda, antiguo periodista independiente de Buenos Aires y corresponsal para varias agencias en ese país, quien una vez retirado de su oficio se dedicó a escribir relatos de no ficción.

Nunca supe de dónde conseguía los libros este vendedor y lo último que le había comprado era un ejemplar del Teatro Completo de Antón Chejov, en pasta de cuero, a sesenta córdobas, y los dos tomos de la Editorial Nueva Nicaragua de las obras completas de Carlos Fonseca Amador, a veinte cada uno.

Un día me lo encontré de casualidad y me dijo, muy animado, que andaba algo y me estaba buscando para enseñármelo. De su mochila sacó, envuelto en una bolsa negra, varios documentos y libretas encuadernados artesanalmente con cordones cafés de botas militares y remaches de botones. Me dijo que se trataban de anécdotas e historias de los combatientes en la revolución.

Me los pasó y al agarrarlos noté cómo la cubierta se desmoronaba con el tacto. En las primeras páginas encontré una carta para una tal compañera Sara, firmada por J. L. B. (¿Sería José Lorenzo Balladares?), el volumen “hechizo”, además, contenía páginas de diarios de combatientes, recortes de periódicos, folletos, fotos, papeles, notas, cartas, todo del tiempo de la revolución y la insurrección. Casi al final, y de casualidad, como atraída por un imán, mi mirada se fue hasta una línea en la que se leía: “…varias descargas de plomo le iban destrozando primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba convirtiendo en una masa temblorosa de sangre y carne…”

Disimulé mi asombro. Sobre la hoja cuadriculada se leía el final del relato y al pie, la firma de Ernesto Castellano Ojeda.

Negocié con el vendedor y adquirí el libro por treinta córdobas. Me fui con una alegría que no me cabía en el pecho. Cuando llegué a mi casa y me dispuse a transcribir el final del relato, descubrí que los textos estaban agrupados en una especie de libreta, dentro del libro artesanal, y que la libreta contenía varios escritos de Ernesto Castellano Ojeda, que relataban diferentes episodios del diario vivir del pueblo de Nicaragua, en su segunda estadía, desde 1975 hasta su muerte en una trinchera del norte del país, el 20 de mayo de 1979, junto a guerrilleros sandinistas.

L.Báez/27.diciembre.10

Última Página

(No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos,) despedirme de él apropiadamente.

En esos días, todo mundo sabía lo que pasó con Chente, y la versión era cruda: después que lo rodearon, un guardia le quebró varias costillas a culatazos. En el piso le quitaron la capucha y le dieron tres culatazos más, que le destrozaron un pómulo y le arrancaron varios dientes. La gente gritaba y algunas señoras lloraban alborotadas. Fue un bullicio aquello. Lo agarraron y lo fueron a matar cerca de su casa.

Algunos de los muchachos aseguran haberse escondido entre los matorrales aquella noche, y presenciaron cómo varias descargas de plomo lo iban destrozando. Primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba reduciendo a una masa temblorosa de sangre y carne. Lo quemaron y echaron en un hoyo, todavía vivo y cubierto de llamas.

En un enjambre de cables

Entre el 14 y el 22 de octubre de 1978

De Chema tuve noticias un par de meses después. Lo encontraron en un basurero, desbaratado, irreconocible, envuelto en la chaqueta de su hermano, con un dije de su mamá en el bolsillo. Yo tenía un par de días de haberme ido del pueblo.

Lo que he logrado saber es que, al cuarto o sexto día de aquel operativo, hubo enfrentamiento con la guardia en los cafetales. Varios murieron en ese lugar, otros huyeron.

Logré hablar con dos de los que andaban con Chema. Lo que me contaron no dejó de estremecerme hasta el llanto. La vida es dura precisamente porque está llena de bellezas efímeras.

El oficio me ha llevado a conocer extraordinarios ejemplos de vida; las pérdidas se acumulan y el dolor de cada una tiene su propio peso. Chema y Chente fueron para mí como hijos, como hermanos, como un negativo de mis cobardías. Fueron mis amigos.

En mi patria decimos: “desde que se inventó el bufoso, se acabaron los guapos”, aquí todo lo contrario.

Me dijeron que Chema era bastante impulsivo, le costaba obedecer de inmediato las órdenes, por lo que no se había logrado ganar la plena confianza de la columna. En el ardor del combate decidió subir a una torre de electricidad. Con el Fal al hombro trepaba y, sobre su cabeza, el enjambre de cables de electricidad ofrecía un cielo segmentado. Ya encaramado bastante arriba en la torre, la punta del Fal se le enredó en un cable de alta tensión. Las chispas atrajeron la atención de los guardias. Chema cayó y se fracturó la columna y el hombro. Todo su costado, la cara y parte de la pierna estaban quemados, en carne viva. Respiraba aún.

Dos compañeros lo trataron de llevar, junto a un grupo que huía, pero unos guardias los capturaron casi de inmediato. Los condujeron a una finca y los mataron. Cuando encontraron el cuerpo de Chema, envuelto en la chaqueta, se escuchó decir:

-¡Si es que es un diablo el Chentón hijueputa! Esos guardias lo van a tener que matar mil veces más…

No he podido regresar al pueblo y explicar la cuestión de la chaqueta. Quizá por temor, quizá por cierta culpa que me atormenta muy en lo hondo.

Ernesto Castellano Ojeda

13 de mayo de 1979

Algún lugar de las montañas de Nicaragua



[1] Aquí termina la última de las páginas que encontré; al menos los detalles referentes a la muerte de Chentón fueron bastante esclarecidos por el autor. Sobre el destino de Chema, del que nada se sabe, sólo resta conjeturar. Nota del Transcriptor.


"un embutido de ángel y bestia"