5 abr 2009

Segunda Parte y Final de la Ficción "Con Sangre y Hermanos"

-Pulse **AQUÍ** para leer la primera parte de este relato-

Segunda entrega:



“El largo camino al triunfo y los fuegos que avivan la lucha”

29 de septiembre de 1978

Mañana

–Esos compañeros que caen son llamas que se van encendiendo en lo denso del bosque negro que la dictadura cierne sobre la patria, chamuyaba Reinaldo, como queriendo ensayar una suerte de rapto místico que escuchó de algún compa. Cada muerto es un fuego que aviva la lucha.

–Pero quiere huevo estar enterrando a los bróderes…, replicó otro que estaba ahí.

–Pues la lucha es dura; ahora el muerto fue él, pero podrías ser vos, o yo, el día de mañana; porque todos arriesgamos la sangre para regar el largo camino que nos llevará al triunfo. Mirá, no podemos ahuevarnos porque nos joden; ahorita concentrémonos en lo que estábamos, dijo Reinaldo, ya con otro tono. Además, ve…

Mientras Chema se acercaba, Reinaldo lo señalaba con un leve movimiento de cabeza.

–Puta, bróder..., replicaba el otro, mientras doblaba la visera de la gorra verde olivo y negaba con la cabeza.

–Bueno, ya avisaron que vienen desde anoche por vereda, no deben tardar en caer… ¡Chemita! ¿Cómo vamos, hermanito?, le decía Reinaldo, mientras le echaba un brazo al hombro.

Y la sangre le hervía

29 de septiembre de 1978

Madrugada y mañana

Anoche le cayeron por todos lados. Mientras unos se bajaban del jeep con las luces apagadas, otros se escondían bajo las gradas de una casa, y otros tres guardias subían por un poste de luz, en la esquina opuesta a la que Chentón se dirigía. Le montaron la redada y para cuando lo tenían acorralado sobre el techo de la Casa del Obrero, cerca del Parque Central, a eso de las tres y media de la mañana, ya había salido mucha gente a las puertas de su casa a asomarse.

Eran como quince guardias, armados todos, rodeándolo. Ordenaban a las personas regresar a sus casas y metían a culatazos a algunos. “¡Qué barbaridad!”, gritaba una señora, “¡Lo van a matar! ¡Si es de la edad de mi hijo!”, alegaba otra.

–Eso sí, era un santo el bróder aguantando el martirio; dicen que antes de matarlo le acribillaron los brazos y las piernas, de a poco, hasta que el plomo convirtió la carne en una masa viscosa y temblante.

La mirada de Reinaldo, mientras pronunciaba esas palabras, se extraviaba; quizá porque percibía la esencia misma de su destino, o porque a todos (desde los que acompañamos a los muchachos de largo y seguimos con gran respeto y admiración su lucha, hasta los que están más inmersos en ella) nos aterra pensar que algo si nos podría pasar, y pronto.

Mientras lo rodeaban, Chentón, que parecía que nunca le hubiese tenido miedo a nada, simplemente no reaccionaba. Se había, y lo habían, preparado para esto.

En un pueblo de menos de mil quinientos** habitantes, en el que la G.N. tenía sus cuarteles y comandos precisamente para prevenir levantamientos, optar por una insurrección solitaria siempre era un peligro.

Mientras Reinaldo relataba aquello, su tono iba bajando; era como si la sangre de su compañero, que había estado hasta entonces en la retórica revolucionara, bañando los largos caminos que conducirían al triunfo y siendo combustible para la lucha, hirviera ante él. Como si esa sangre se materializase, se volviera real o, lo más extraño, como si antes no lo hubiese sido. Retomando su rapto místico, agregó:

–No soltó un ni un grito… solamente el ¡PATRIA LIBRE!

Chentón, que era un diablo corriendo por los techos, dobló sus rodillas aquella noche sobre las tejas de la Casa del Obrero. Me imagino (y pude luego confirmar a través de testigos) que se trataba de una escena impactante: toda la manzana rodeada por guardias, un comando de ocho ya andaba sobre el techo; Chentón sólo veía a tres.

Primero fue la resistencia. Le rompió la nariz de un puñetazo a uno de los milicos, e inmediatamente, medio a gatas y medio arrastrado, trató de huir. No más de cinco metros después lo cercaron. Se puso en pie y fue como si la vida, al menos por ese instante, le hubiese regresado de golpe. Fuera del trance combativo, fuera de las historias que ya empezaban correr acerca de él, en las que el protagonista bien podría ser el propio Aquiles; sin una casa de seguridad, un escondite o una quebrada a la vista; sólo quedaba el muchacho de 17 años, con el rostro imberbe y tembloroso bajo la capucha negra. Un pibe al que le gustaba jugar béisbol y perderse en su bicicleta por aquellos caminos hasta que, gracias al azar, llegaba a un cruce desconocido del río.

Chema estaba petrificado, no lo creía. La sentencia “a tu hermano lo mataron” tenía, en ese momento, el mismo peso que la de “buenos días” o “el partido quedó cuatro a tres”.

Mientras interrogaba las caras huidizas de los otros compañeros, la muerte de Chentón fue ciñéndose sobre Chema, que tenía 14 años y quería ser como su hermano.

–¿Qu… qué? ¿Co… cómo? ¿Dónde? –la sangre le hervía. La reacción era más un odio sin destinatario, que la desgarradora tristeza que no tardaría en inundarlo.

Los pensamientos pasaban o demasiado rápido o demasiado lento, no estaba seguro, pero sí muy vehementes. El muchacho de 17 años estaba solo, tembloroso y de pie sobre el techo de tejas, cubierto por un manto de sudor que lo lamía y le provocaba sensaciones lejanas: la caricia de su mamá cuando caía enfermo; el mordisco que le pegaba a un marañón bien maduro, mientras sentado sobre el muro del cementerio buscaba pájaros para cazar, recuerdo que, inexplicablemente, lo acompañó hasta ese último momento.

Un chavalo de 17 años que, más allá de unas vagas nociones acerca de una libertad difusa –que, como dios, era hecha a la justa medida de cada quien, no sabía por qué, pero sí contra qué luchaba. Sí sabía que ahora, solo y rodeado por los guardias, parado sobre el techo de teja, con la luna poniente a su espalda, no podía esperar una gran variedad de destinos.

Mientras Chema oía todo aquello, pensaba en su mamá, en que no iba a aguantar la noticia, en que no quería ser él quien se la diera, pero no había otro. Era eso o esperar, si es que no había pasado ya, que algún vecino, o la propia guardia, le fuese a pedir que reconociera el cuerpo. En todo caso el tacto no vale de nada a la hora de dar estas noticias. Tanto vale decir “tu hijo se murió” como “se reunió con el señor”, o “su sangre riega el camino que nos llevará al triunfo”. El hecho es que estaba muerto y el mundo, y nosotros, que ya no ocupamos un lugar en su persona, lo queríamos de regreso, y nada más. ¿Qué sería el triunfo?, se le cruzó también por la cabeza. Todos los pensamientos oscilaban y se batían a duelo, pero siempre con la imagen del hermano, de ellos cazando pájaros con la tiradora sobre el muro que ahora lo acogía bajo su sombra.

No me fueron revelados mayores detalles sobre el momento en que los “compas” llegaron a reunirse con los muchachos. Sí sé que fue en ese mismo lugar, atrás del cementerio y en las quebradas del basurero, que se pusieron de acuerdo.

También sé que inmediatamente estallaron los primeros combates en el pueblo, y que varios de los muchachos, como Reinaldo, cayeron esa misma tarde con la pañoleta rojinegra cubriéndoles la cara. Cuando triunfe la revolución (probablemente mi ya avanzada edad no me permita ser testigo de aquello), seguramente se hablará de ellos cómo forjadores de la libertad; posiblemente sobre el campo de béisbol del barrio, que ellos mismos rozaron y rayaron con cal, se levante un estadio con sus nombres.

Supe que Chema se identificó como hermano de Chentón y se sumó (empujado por un muy sincero odio que lo cegaba y por la fijación de cobrarse esa muerte), desde ese día, a la lucha. Cuando los compas supieron de la muerte de su mejor colaborador en el pueblo, y uno de los combatientes más temidos de la zona, no pudieron rechazar la colaboración de su hermano.

Chema se entregó a la lucha. La última vez que lo vimos fue en el entierro de Chente, que se hizo unas dos semanas después, cuando la familia recuperó los restos; caminaba a los tumbos entre las cruces, luego como que desapareció, porque ya la guardia lo andaba buscando. Me enteré que Chema iba enrumbado hacia un operativo en los cafetales y lo alcancé mientras giraba tras un mausoleo.

–Chema… vení mañana que yo te banco, pibe, le dije, incapaz de disimular un quiebre en la voz.

Chema se detuvo, me miró de frente, me pegó un empujón en el pecho, para después apretarse contra mí y por un segundo ahogar un alarido que sentí vibrar en la médula del alma. Se limpió la cara (tan violentamente, que parecía querer borrarla) con la parte baja de la camiseta. Su mirada era como la de alguien que ya había vivido demasiado. Llevaba dos semanas con los compas y la expresión era la de un llano trance, como de un entumecimiento del alma. Chema y Chente, de 14 y 17 años respectivamente, eran personas ejemplares; hasta hace algún tiempo, los dos iban a clases por las mañanas y por las tardes inventaban cualquier cosa para llevarle plata y comida a su mamá. Cortaban las naranjas del palito que se encontraron por el cementerio y cuidaron por varios meses y, cuando había cosecha, salían en sus bicicletas con un cuchillo a venderlas, partidas por la mitad o peladas, con una tapita en el tope o en gajos. En el barrio todos los querían porque siempre ayudaban a todo mundo con sus quehaceres y mandados. Eran unos niños, a los que no me atrevo a llamar niños.

Chema lanzó una mirada repleta de odio. Le pregunté si lo podía ver para invitarlo a comer. Aceptó, con la condición de que le llevara la chaqueta que su hermano había dejado en la casa, y me prohibió terminantemente mencionar el lugar donde nos vimos.

Se la habían regalado los compas

12 de octubre de 1978

Anochecer

Era una chaqueta militar, de tela verde olivo; se la habían regalado los compas. La tenía metida en una bolsa negra en medio de un cerrito de abono, en una esquina del patio. La chaqueta tenía la sigla FSLN escrita con marcador sobre el bolsillo derecho, y una gruesa franja de tela rojinegra, sostenida con un nudo y gasillas a la manga izquierda. Era de buena calidad, aguantadora.

La noche anterior, mientras mis anfitriones dormían, fui y la tomé; no pensaba que hiciera mal porque quién podría ser más merecedor de aquella reliquia que Chema.

Me dijo que no podía hablar mucho. Aquel Chema que me llevó, hace ya un par de años, a conocer la salida al mar por los caminos del río; aquel chavalo que silbaba alegre, trepando rocas y bajando quebradas, no parecía el hombre sombrío y misterioso que tenía en frente.

Me habló del triunfo, que estaba lejos, que sólo la lucha insurrecta del pueblo acercaría aquel triunfo. Estaba más flaco, abatido, como dejado ir. Mencionó cosas sobre un operativo al que se estaba sumando, que iban por cafetales y potreros, que necesitaban mover unas armas y servir de refuerzos a los compañeros que luchaban en el pueblo hacia donde se dirigía aquella columna, y que nunca se supo cuál era. Me hablaba de todo aquello, mientras los quiebres de su voz iluminaban fugaces trozos de sí mismo. No me preguntó por su mamá, no tenía el valor; notó que me disponía a hablarle de ella, me arrancó la chaqueta bruscamente y dijo algo que no pude entender. Cuando se iba a marchar lo llamé para darle alguna plata. Tras tomarla, se largó. Creo que todos estábamos conmocionados por la muerte de Chente. No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos, (…)[1]

II

Madre ponme en la chaqueta las medallas

Los zapatos ya no me los puedo poner

La casa desaparecida

Fito Páez

Nota preliminar a la última hoja del relato de Ernesto Castellano

Debo a una extraordinaria suerte de azar, y a un vendedor de libros usados, el increíble hallazgo de las últimas dos hojas del relato de, ahora sé, Ernesto Castellano Ojeda, antiguo periodista independiente de Buenos Aires y corresponsal para varias agencias en ese país, quien una vez retirado de su oficio se dedicó a escribir relatos de no ficción.

Nunca supe de dónde conseguía los libros este vendedor y lo último que le había comprado era un ejemplar del Teatro Completo de Antón Chejov, en pasta de cuero, a sesenta córdobas, y los dos tomos de la Editorial Nueva Nicaragua de las obras completas de Carlos Fonseca Amador, a veinte cada uno.

Un día me lo encontré de casualidad y me dijo, muy animado, que andaba algo y me estaba buscando para enseñármelo. De su mochila sacó, envuelto en una bolsa negra, varios documentos y libretas encuadernados artesanalmente con cordones cafés de botas militares y remaches de botones. Me dijo que se trataban de anécdotas e historias de los combatientes en la revolución.

Me los pasó y al agarrarlos noté cómo la cubierta se desmoronaba con el tacto. En las primeras páginas encontré una carta para una tal compañera Sara, firmada por J. L. B. (¿Sería José Lorenzo Balladares?), el volumen “hechizo”, además, contenía páginas de diarios de combatientes, recortes de periódicos, folletos, fotos, papeles, notas, cartas, todo del tiempo de la revolución y la insurrección. Casi al final, y de casualidad, como atraída por un imán, mi mirada se fue hasta una línea en la que se leía: “…varias descargas de plomo le iban destrozando primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba convirtiendo en una masa temblorosa de sangre y carne…”

Disimulé mi asombro. Sobre la hoja cuadriculada se leía el final del relato y al pie, la firma de Ernesto Castellano Ojeda.

Negocié con el vendedor y adquirí el libro por treinta córdobas. Me fui con una alegría que no me cabía en el pecho. Cuando llegué a mi casa y me dispuse a transcribir el final del relato, descubrí que los textos estaban agrupados en una especie de libreta, dentro del libro artesanal, y que la libreta contenía varios escritos de Ernesto Castellano Ojeda, que relataban diferentes episodios del diario vivir del pueblo de Nicaragua, en su segunda estadía, desde 1975 hasta su muerte en una trinchera del norte del país, el 20 de mayo de 1979, junto a guerrilleros sandinistas.

L.Báez/27.diciembre.10

Última Página

(No niego que al verlo largarse mi angustia se duplicó de golpe; me hubiese gustado, al menos,) despedirme de él apropiadamente.

En esos días, todo mundo sabía lo que pasó con Chente, y la versión era cruda: después que lo rodearon, un guardia le quebró varias costillas a culatazos. En el piso le quitaron la capucha y le dieron tres culatazos más, que le destrozaron un pómulo y le arrancaron varios dientes. La gente gritaba y algunas señoras lloraban alborotadas. Fue un bullicio aquello. Lo agarraron y lo fueron a matar cerca de su casa.

Algunos de los muchachos aseguran haberse escondido entre los matorrales aquella noche, y presenciaron cómo varias descargas de plomo lo iban destrozando. Primero la pierna izquierda, luego el brazo derecho, hasta que entre lamentos y alaridos el cuerpo de Vicente “Chentón” Molina, que era un diablo corriendo por los techos, se iba reduciendo a una masa temblorosa de sangre y carne. Lo quemaron y echaron en un hoyo, todavía vivo y cubierto de llamas.

En un enjambre de cables

Entre el 14 y el 22 de octubre de 1978

De Chema tuve noticias un par de meses después. Lo encontraron en un basurero, desbaratado, irreconocible, envuelto en la chaqueta de su hermano, con un dije de su mamá en el bolsillo. Yo tenía un par de días de haberme ido del pueblo.

Lo que he logrado saber es que, al cuarto o sexto día de aquel operativo, hubo enfrentamiento con la guardia en los cafetales. Varios murieron en ese lugar, otros huyeron.

Logré hablar con dos de los que andaban con Chema. Lo que me contaron no dejó de estremecerme hasta el llanto. La vida es dura precisamente porque está llena de bellezas efímeras.

El oficio me ha llevado a conocer extraordinarios ejemplos de vida; las pérdidas se acumulan y el dolor de cada una tiene su propio peso. Chema y Chente fueron para mí como hijos, como hermanos, como un negativo de mis cobardías. Fueron mis amigos.

En mi patria decimos: “desde que se inventó el bufoso, se acabaron los guapos”, aquí todo lo contrario.

Me dijeron que Chema era bastante impulsivo, le costaba obedecer de inmediato las órdenes, por lo que no se había logrado ganar la plena confianza de la columna. En el ardor del combate decidió subir a una torre de electricidad. Con el Fal al hombro trepaba y, sobre su cabeza, el enjambre de cables de electricidad ofrecía un cielo segmentado. Ya encaramado bastante arriba en la torre, la punta del Fal se le enredó en un cable de alta tensión. Las chispas atrajeron la atención de los guardias. Chema cayó y se fracturó la columna y el hombro. Todo su costado, la cara y parte de la pierna estaban quemados, en carne viva. Respiraba aún.

Dos compañeros lo trataron de llevar, junto a un grupo que huía, pero unos guardias los capturaron casi de inmediato. Los condujeron a una finca y los mataron. Cuando encontraron el cuerpo de Chema, envuelto en la chaqueta, se escuchó decir:

-¡Si es que es un diablo el Chentón hijueputa! Esos guardias lo van a tener que matar mil veces más…

No he podido regresar al pueblo y explicar la cuestión de la chaqueta. Quizá por temor, quizá por cierta culpa que me atormenta muy en lo hondo.

Ernesto Castellano Ojeda

13 de mayo de 1979

Algún lugar de las montañas de Nicaragua



[1] Aquí termina la última de las páginas que encontré; al menos los detalles referentes a la muerte de Chentón fueron bastante esclarecidos por el autor. Sobre el destino de Chema, del que nada se sabe, sólo resta conjeturar. Nota del Transcriptor.

22 mar 2009

Primera Parte de la Ficción "Con Sangre y Hermanos"

Con Sangre y Hermanos

Trascripción de un texto inédito de Ernesto Castellano Ojeda[1]

Ni se tiñe con sangre de hermanos

Tu glorioso pendón bicolor

Himno Nacional
Salomón Ibarra Mayorga

Nota Preliminar[2] [3]

No hace mucho me distrajo el hallazgo (entre papeles viejos de la familia) de varias páginas cuadriculadas, en las que se registraron –a golpe de máquina— los acontecimientos, hasta ahora oscuros, que rodean la captura y asesinato del legendario combatiente popular Vicente “Chentón” Molina, la madrugada del 28 de septiembre de 1978.

Sobre el autor de la crónica (que he copiado y ahora presentaré), solo puedo conjeturar que se trata de un periodista (como varios, que cubrían la lucha del pueblo nicaragüense contra la dictadura de aquellos años), o un escritor literario (por el matiz estético y la estructura narrativa con que trata la crónica), quien cubría la lucha desde distintos poblados, comarcas y ciudades del sudoeste del país, durante la insurrección y ofensiva final del 78 y 79. Varios aspectos de la crónica podrían dar a pensar que el autor sea un extranjero, aunque por su dominio del español y familiaridad con algunos términos locales debe tratarse de un latinoamericano.

Inútilmente he interrogado a familiares, amigos que se dedican al estudio de la historia, y escritores sobre la procedencia de este legajo. De algunos conocidos, que fueron combatientes en la zona, he logrado rescatar un par de anécdotas empapadas en la mística popular revolucionaria de aquellos años y que hablaban de “Chentón”, protagonista de la crónica, de quien se decía que tenía el poder de convertirse en mil jejenes para diluirse en la noche; de estar, como muchos combatientes de la época, en más de un lugar a la vez; y de tener varias vidas que se manifestaban en numerosos cuerpos idénticos en distintos momentos, como un gato negro.

Algunos datos descritos a lo largo de la historia nos sugieren que el pueblo donde se desarrollaron los hechos es la ciudad de Jinotepe, aunque bien pudo tratarse de Diriamba o de Dolores, que se comunican por caminos muy, similares a los descritos por el autor, con el cementerio y el basurero que tenían por entonces en común con Jinotepe, caminos a su vez conectados con las playas del Océano Pacífico. Por otro lado, algunos nombres propios de lugares o descripciones, como el barrio San Dulcino, la finca Santa Cecilia, las torres de electricidad en algunos puntos del recorrido, y otros detalles, hacen que el contexto no coincida con ninguno de los lugares anteriormente conjeturados, aunque no podría tratarse de otra zona que no fuese el departamento de Carazo, escenario de las fabulosas hazañas del legendario Chentón.

L.Báez/03.abril.09

“Son locuras…va a ver que no dilato” [4]

29 de septiembre de 1978

Hacia el amanecer[5]

La luz brotaba de la tierra de a poco, como todas las madrugadas.

Las persianas de madera entreabiertas segmentaban los rosas y ocres del alba, las cortinas volaban dentro del cuarto, ralas, casi sangrantes. La llama del candil oscilaba y desvanecía algunos rasgos de la cara, mientras revelaba otros: los ojos entreabiertos, desorbitados. Un fluido tembleteo en el cuello y las manos. Un enjambre de muertos batiéndose bajo el catre, el plexo tensado por millares de cables como sosteniendo infinitas atmósferas.

Despertó a eso de las cinco. El día apenas vertía una pálida franja rosa en el cielo y sobre los techos de tejas. Fue como si la madrugada no hubiese pasado.

José María Molina tenía para entonces catorce años. En el barrio San Dulcino[6], o El Cementerio, como todo mundo le decía, lo llamaban “Chema Pacuzo”. Vivía con su mamá y compartía cuarto con sus tres hermanos. Después de Chente, él era el mayor.

Esa mañana se levantó y, medio dormido, caminó entre los otros catres, apartó la cortina y salió a la sala: cuatro pollitos picaban sobre el piso de tierra compactada; los dispersó bruscamente y recogió el balde lleno de basura, lo puso junto a la puerta y se fue al traspatio.

– ¿Ya vas a ir a botar la basura?, le preguntó la mamá mientras tiraba unas cebollas y chiltomas al aceite hirviendo.

–Sí, contestó Chema inclinándose sobre su reflejo en la pileta del lavandero, con la cara mojada y las manos hechas un cuenco, llenas de agua. Para regresar temprano, porque tengo que ir a clases.

–Bueno, pero no te vayás a quedar de vago con esos locos. Mirá que tu hermano no vino a dormir anoche, así que vos no me estés dando más preocupaciones, por favor, dijo la mamá. Ahí me vinieron a decir que andabas engavillado con los que tiran las bombas…, el tono con que hablaba era más de súplica que de reprensión.

–No, tranquila mama, son locuras… va a ver que no dilato.

Se secó la cara con la parte de abajo de la camisola, se puso las chinelas y salió con el cubo lleno de basura.

A esas horas en el pueblo no había un alma. Pasaba el carretón de la leche como a las cuatro y media, y ya varias señoras se quedaban despiertas, otras salían al molino con las bolsas de maíz pujagüa y el cacao. Después de las cinco y media las ramas de las escobas y las panas de agua levantaban nubes de polvo desde las aceras y los patios. Digo, hay gente, pero es como si no hubiera un alma, como si a esa hora el pueblo apenas se estuviese configurando ante las personas que, distraídas por sus quehaceres, no ponen atención, al menos en este momento del día, a lo que pasa y a los que pasan a su alrededor.

“Si estamos faltando tanto a clases, nos quiebran”

29 de septiembre de 1978

Mañana

Chema salió de su casa y se detuvo en la esquina. Al otro lado de la calle, en el cuadro de béisbol, sobre la línea donde se empieza a desdibujar la grama y la tierra seca queda descubierta, ocho figuras de polvo cabriolaban desnudas bajo la luz temblorosa de la luminaria. Los gallos que las originaban eran como un génesis de plumas en llamas destrozándose contra los costados, uñas batiendo tierra y polvo.

Tomó hacia el sur. Luego de dos cuadras, en la esquina del cementerio, se topó con Julio, que desde largo lo venía saludando con un movimiento de cabeza y una sonrisa, mientras separaba el cuerpo de la montura de la bicicleta y se paraba de puntillas sobre los pedales.

-¿Fuiste a clases ayer?, preguntó Julio, mientras frenaba y una nube de polvo cubría sus rodillas

–Sí, suspiró Chema con cierta molestia.

–¿Y entregaron la tarea de español?, continuó Julio, mientras agarraba la porrita de frijoles cocidos que colgaba del lado derecho del manubrio y la ponía en el izquierdo.

–Sí, y estaba encachimbada la vieja porque no llegaste y te tocaba el aseo… sos fresco vos, no ves que si estamos faltando tanto a clases nos quiebran, replicó Chema, con tono grave .Ya tiene colorado al barrio la guardia. Va y les dicen que son unos chavalos los que andan tirando las bombas. Qué les cuesta irse al instituto a ver quiénes fueron los que no llegaron tal día a clases… y más con el cachimbo de orejas que hay aquí…

–Sí, hombre, son unos “riñones” esos hijueputas. Mirá, ayer andaba la guardia preguntando quiénes eran los que estaban poniendo los sacos de arena. Adiviná dónde fueron primero a averiguar… donde el viejo Tulio, ya sabía yo que ése era el que nos andaba “bombeando”. Ahí no más fue que se llevaron a Goyo y al Chele. Pero fijate que doña Margarita salió a hacer el alboroto, a defender a los bróderes, para que no se los llevaran yo hasta creía que era somocista la vieja.

–Pues quién sabe, creo que nos “chabeliaron”, dijo la voz de Chema. Yo digo que eran infiltrados esos hijueputas. Quedaron de venir anoche... y nosotros en la ponedera de sacos, tirando la bomba jodida en la esquina ésa, los botiquines hechos en las casas. Rico nos van a quebrar a todos…

–No, hombre, vas a ver que no. ¿Si no viste que eran los legítimos? Elegantes los majes con sus capuchas, de verde olivo, cada uno con su Fal encima. Clase mística, cómo te hablan… todos son compañero aquí, compañero allá, el porvenir… vas a ver a esos guardias mierdas, les va a salir la virgen.

–Bueno, ojalá… ¿ahí está la gente ya?

–Sí, para allá iba Reinaldo con los chavalos.

–Ah, bueno…

–Ve, hice una pelota de trapo nueva, para que boliemos en la tarde… decile a los majes, gritó Julio, mientras Chema se alejaba caminando y asintiendo bajo la tenue sombra del muro.

Chema conocía a la perfección esos caminos que empezaban como uno solo a la par del muro norte del cementerio y que se bifurcaba hasta lo casi laberíntico. Sabía que tomando la derecha en el primer cruce, como a veinte minutos en bicicleta, estaba Aragón. Que siguiendo ese camino, después de unas torres de electricidad, como a quince minutos de El Ojo de Agua, despuecito de cruzar los potreros de la finca Santa Cecilia, se llegaba al río, que por sus meandros daba la impresión de ser muchos ríos a lo largo del camino. A través de bosques, fincas, potreros y comarcas rurales, la tierra desnuda se abría paso hasta fundirse con la arena de las costas del Pacífico.

Perpendicular al inicio del camino, el muro oeste del cementerio, de casi tres metros, se empotraba sobre una especie de desfiladero que agregaba unos cinco metros a su altura.

Al pie del desfiladero y sobre una depresión plana se extendía el basurero, maculado aquí y allá por majestuosos zopilotes que sin levantar vuelo batían sus alas entre los desperdicios.

Bajo la sombra del muro, cubierto por unas ramas, estaba Reinaldo, segundo contacto, después de Chente, con los compas; lo acompañaban tres más de los muchachos.

Cuando Chema llegó, Reinaldo hablaba a lo lejos con tono grave, pero frío.

Anoche fue de luna llena y ley marcial[7]

28 y 29 de septiembre de 1978

Noche y madrugada (respectivamente)

La noche en el pueblo era oscura, pero cuando había luna se podía andar tranquilamente hasta por el camino más recóndito. Las pocas luminarias que funcionaban iluminaban las esquinas del parque central, la alcaldía y el atrio de la iglesia. De las verjas del extremo norte del templo, amarrados con mecates, grandes pliegos de plástico negro se estremecían con el viento, y así el mercado municipal se extendía, con un nervioso crepitar, hasta los límites del pueblo.

Desde el inicio de la ley marcial y el toque de queda no se volvieron a ver las parejas sentadas en las bancas del parque, tampoco los señores comiendo maní en cartuchos de papel kraft, rodeados por trozos de cáscaras. Sólo pasaban, difusas a través de las persianas de las casas, las luces del jeep de la guardia y los megáfonos que anunciaban el toque de queda.

El paso de la noche del jueves 28 de septiembre a la madrugada del viernes 29 fue de luna llena, y en ese lapso ocurrió la captura y el asesinato ( ejecutado por esbirros de la guardia nacional) del combatiente popular Vicente “Chentón” Molina, de 17 años.

“Si ves que un trozo de noche se menea, y de ahí empieza a salir fuego, ése es Chentóny mejor que no esté la guardia cerca, porque les llueve…”, decía la gente, no con poca admiración.

Bombas de contacto y cócteles molotov llovían sobre los jeeps y cascos de los guardias, que entre el terror y asombro salían despavoridos dejando algunas veces sus armas o quedando gravemente heridos en el lugar.

Una vez tuve oportunidad de escuchar sobre los garands que iba recuperando y enviando a los compañeros que libraban la lucha en Diriamba.

Seguramente anoche la luna proyectaba la sombra ancha y uniforme del muro que da al traspatio de la panadería, desde donde el bulto negro cruzaba, rápida y reiteradamente, de una esquina a la otra, tejiendo un enjambre de cables, en los que la luna diluía finos hilos de luz, que desaparecían por un lado para aparecer por el otro.

En la cuadra siguiente, un grupo de tres muchachos con cócteles molotov y bombas artesanales de pólvora esperaba la señal. Chentón, todo de negro, trepó por el muro oscuro de la panadería y pegó el silbido; acto seguido, los vidrios de las botellas estallaron liberando las llamas de la gasolina y el aceite sobre el asfalto en la calle siguiente.

Mientras corrían, los muchachos tiraban las bombas de pólvora cerca del fuego para hacer ruido. El jeep no tardaba en subir, los milicos[8] vociferaban mientras eran atraídos hacia el fuego. En cuanto cayeron en la trampa, Chentón los destrozó con bombas de contacto, desde los tejados.

Esa noche hubo refuerzos. En lo que Molina huía, otro jeep daba la vuelta, con las luces apagadas y por la esquina opuesta.

Era un diablo corriendo en los techos. Se escuchaba el alboroto de las pisadas y de repente se diluía, literalmente, entre la noche.

Chentón conocía de cabo a rabo los recovecos de la zona, sobre todo los del cementerio y sus quebradas.



[1] El título original “Con Sangre de Hermanos/ Crónica de los últimos momentos de Chentón Molina” fue modificado por el Transcriptor, antes de publicar esta segunda edición del texto, corregida y completada, el 23 de abril de 2011. El epígrafe fue añadido luego de esta modificación. Nota del Editor.

[2] El lector puede saltar esta nota sin ningún riesgo. Nota del Transcriptor.

[3] Esta nota acompañaba la versión incompleta de la crónica (END, 20-24/11/2009), el Transcriptor optó por conservarla en esta nueva edición. Nota del Editor.

[4] Primera parte de la crónica de E.C.O., donde se logran rescatar algunas descripciones del pueblo y se conoce un poco sobre el contexto en que vivía el legendario combatiente Vicente “Chentón” Molina durante sus años de lucha, y de quien, según la reconstrucción histórica popular, se encontraron dos cadáveres: el primero a la vista de todos, en el techo de la casa del obrero de Jinotepe; el segundo desaparecido por la G.N. en los cafetales de Jinotepe y San Marcos, y luego encontrado e identificado por su chaqueta verde olivo con la sigla FSLN escrita con marcador en el bolsillo izquierdo y por el dije con la foto de su mamá, en el basurero de Jinotepe. Esta primera parte del documento lanza acaso una pálida luz sobre los acontecimientos cercanos a sus experiencias en combates anteriores, en la ciudad de Diriamba. Nota del Transcriptor.

[5] Las fechas no indican el día en que los textos fueron redactados, sino los momentos en que sucedieron los hechos relatados. Nota del Transcriptor.

[6]Según una conjetura que me formuló Carlos Zeledón, luego de que le mostré el texto original, bien se podría tratar del barrio San José de Jinotepe. Su nombre pudo ser cambiado por el autor, como en un juego de sutiles paralelismos históricos con los levantamientos en la Europa del S. XIII, dirigidos por fray Dulcino y los Dulcinistas. Nota del Transcriptor.

[7] Donde el autor, a partir de relatos de testigos de los hechos y de lo que recopiló a través de gente del pueblo, en los días posteriores al asesinato de Chentón, reconstruye los momentos previos a su captura.

[8] Milico: argentinismo para guardia o militar. Nota del Editor.

Capricho 43


Capricho 43

A Róger Pérez de la Rocha, César Delgado y Ricardo Morales

“El sueño de la razón produce monstruos”
Francisco de Goya

El cuadro ya casi estaba listo.

Un aleteo desconocido batía la espesa oscuridad. Las agitadas horas de la madrugada cernían un capullo de alquitrán a su alrededor. Fuera de la fosa de luz blanca, que estallaba desde la lámpara, el luto de la noche se evaporaba en rostros y gritos mudos, paralelos, inofensivos.

La muerte, suspirándole largas notas de violín al oído, lo asemejaba a aquel joven Böcklin autorretratado en óleo y sombras. No lograba percibir entre las tinieblas, cada vez más retorcidas, el negro aleteo que se deshojaba, de a poco, desde la médula de la noche.
Bajo la luz se agitaba un caos de pinceles, manos y colores; el seductor hedor a óleo y aguarrás lo mantenía en el trance automático de todas las madrugadas. 
Predominaban los ocres y sarros sobre un lienzo cubierto por una costra de arenilla sólida.
En primer plano, dos figuras de pie eran como un eco distante que se volcaba a través del tiempo evocando a las que, aterrorizadas, lamentaban la Apertura del Quinto Sello en algún paisaje de El Greco; el pubis de roca sólida, la sombra sin costuras delineando los cuerpos y socavando las caras; níveos de cal, refulgentes de sarro. El hombre, adormecido, de pie, sin proponer nada, más bien esperando algo, cansado y acaso conciente de su condición de sombra, de eco de la mente de su creador, era presa fácil para el naciente siglo XX; abrazaba a su esposa, como protegiéndola de la tormenta incierta que se avecinaba; al fondo, el cielo estallaba en fuegos. Los rostros eran tétricos, acaso un cadáver parasitario en cíclica lucha con la carne viva se apoderaba de ellos, un avanzar y retroceder de la tumba a la cuna y de ahí a la putridez; los rostros poblados de sombras y cuencas mas no de facciones; un expresionismo oscuro, turbulento. El cuadro en su conjunto brillaba trémulo al fondo del estudio.


Estaba abatido de semejante jornada; rompió el cascarón de luz que lo cubría y se abrió paso a través de las tinieblas. Recostado al muro del patio, sacó el último cigarrillo del paquete de papel arrugado y se lo puso en la boca. El cuadro aguardaba su sentencia, embestido por la oscilante luz blanca. En ese momento todo el entorno parecía responder al sinuoso tembleteo del cigarro en la boca.

Sobre el lienzo, los definidos trazos, las complejas perspectivas, los rostros tan apocalípticos pero tan violentamente reales, dejaban sentir el paso de las manos serenas y precisas del maestro, pero que de los dedos, a fuerza de vómito y sangre, se escapaba un alma en ebullición, convulsiva hasta el vértigo; un alma de loco que con golpes de cráneo logró fugarse de esa jaula que era el cuerpo y que ahora se destrozaba contra cualquier lienzo.
Regresó al estudio y se dispuso a dar las últimas pinceladas. Quería corregir algo en los rostros, algo no encajaba, algo sobraba.
Estudiaba detenidamente la composición: los ojos sombríos que lo escudriñaban fríamente a través del ala roída del sombrero, el hombro izquierdo un poco más levantado y la mano derecha como conteniendo un sombrío ímpetu de la otra; los nubarrones cada vez más cercanos, el pueblo en ruinas propiciaba un horizonte dentado, la mujer apretada contra el pecho dejaba escapar su corazón palpitante, como un pájaro que agoniza en el cuenco de las manos.

Desde las tinieblas, y destrozando el balaustre de humo, que se elevaba desde el cigarrillo hasta la más desconocida sombra, surgió, como goteando noche, una pesada mariposa negra que se posó en el borde del bastidor.

No existió más nada en el mundo. Nunca nada fue más real.

Dejó caer los pinceles y la paleta; abstraído descubrió los grandes ojos rosáceos, las antenas rizadas, el cuerpo blando y cubierto de polvillo gris; las alas planas, llenas de ojos y escamas ofrecían una planicie, desde donde vio levantarse altos patíbulos; infinitas guillotinas hacían reverencia al público para dar inicio a un inmortal baile de cabezas y tráqueas serpenteantes. De la planicie de las alas nacieron también interminables muros, nacía Pollock, y nacían explosiones de sangre y plomo contra el concreto y el cosmos; Todo desfilaba como eco de pasado que rebotaba en una pared futura. Como si esos ecos aprovecharan las apagadas horas de la madrugada para desnudar su pálido brillo, para bañarse con los colores del iris, y evaporarse como nausea justo en el plexo. Vio levantarse a un pueblo, como los antiguos solían, y vio hambre y persecución. Al fin se levantó la cruz y vio mujeres, niños y hombres pasados por el cuchillo del Cristo muerto; vio aves de acero sobre islas que estallaban. Vio a un hombre sentado a la mesa con su padre, compañeros y enemigos, sereno, con la muerte prendida al lagrimal; botas de guardia deteniendo los faros del auto; El Campo de Marte, El Hormiguero y finalmente el cerro La Calavera. Las palabras aún no pronunciadas de don Gregorio Sandino se empezaban a configurar: “Ya los están matando. Siempre será verdad que el que se mete a redentor, muere crucificado”; el sombrero cayó al suelo cuando Sócrates caía cerca de la Iglesia El Calvario.

Todo empezó a andar otra vez. 

Un alarido cavernario tajó la noche en dos. Yacía en el piso, descarnado y estremecido, aterrorizado. De los cuellos degolladas chorreaba espesa y oscura sangre y las dos cabezas, con los ojos bien abiertos, caían pesadas sobre los pies.
Vio sus manos manchadas de sangre, a la par el pincel, que chorreaba la aguada carmesí, confirmaba el crimen.
Contra el borde de la lámpara chocó una torpe mariposa negra que, como un sueño, soltó una cascada de polvillo gris que enroscaba constelaciones bajo el halo de luz blanca.

El alba nacía gris con pesadas nubes por doquier y hubo frío.


"un embutido de ángel y bestia"